Las poquianchis, las hermanas asesinas seriales con más víctimas en México

Las poquianchis es el apodo de las cuatro hermanas de apellido González Valenzuela, consideradas las asesinas seriales con más víctimas en México. Se calcula que le quitaron la vida a unas 150 personas, la mayoría, mujeres jóvenes a quienes secuestraban y prostituían.

Delfina, María de Jesús, Carmen y María Luisa González Valenzuela nacieron en El Salto, Jalisco, en una familia violenta y disfuncional. Su padre fue un policía alcohólico en el régimen de Porfirio Díaz y se sabe que obligó a las poquianchis a presenciar cómo torturaba a sus detenidos, incluso encarcelaba a sus propias hijas como castigo, Carmen González llegó a pasar hasta un año privada de la libertad por su propio padre. De su madre se sabe que fue una fanática religiosa que poco podía hacer por sus hijas, pues también recibía maltrato.

Fue la misma Carmen, quién más tarde, en 1938 aprendió todo sobre administrar cantinas, pues sostuvo una pasajera relación con un criminal al que terminó abandonando. Es así como al morir sus padres, las hermanas Delfina y Carmen deciden invertir su herencia en la compra de un bar que no prosperó.

Insistentes, no dejaron de intentarlo, y poco tiempo después abren las puertas de La Barca de Oro en León Guanajuato, cantina que era administrada por un hombre al que llamaban el poquianchi, es ahí donde toman este apodo y siguen trabajando para ofrecer servicios sexuales que eran legales en la zona, por lo que no tuvieron problemas para hacer crecer el negocio.

Con el éxito obtenido, no dudaron en instalar otro bar al que llamaron el “Guadalajara de Noche”, un burdel establecido en Lagos de Moreno, Jalisco, y aunque en ese lugar la prostitución estaba prohibida, se dedicaron a establecer relaciones con jefes de la policía corruptos para operar sin problemas.

Es entonces cuando inicia con más fuerza su carrera criminal, pues pactaron con bandas de secuestradores que llevaban adolescentes para ser encerradas, golpeadas y obligadas a prostituirse a cambio de un poco de comida.

Las jovencitas no recibían paga y apenas alcanzaban a comer frijoles y tortillas de vez en cuando, lucían desnutridas y cansadas y aún así debían cumplir su cuota de encuentros sexuales diarios para no ser torturadas.

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