El camino de aquel cempasúchil

Se acercan los días de la celebración mexicana por excelencia, donde nuestros seres queridos quienes ya han fallecido regresan a nuestro mundo a convivir de una manera única con nosotros, dicho acontecimiento es gracias a la ofrenda que dejamos en su honor en las cuales encontrarán sus meriendas favoritas; sin embargo, aquellos que nos visiten no podrán encontrar el camino a dichas ofrendas si no tienen una “luz” que los encaminen, es ahí dónde las flores de cempasúchil juegan un rol más importante además del adornar el altar.

En casa me enseñaron desde pequeño a dejar un camino de pétalos de cempasúchil desde la puerta de la entrada, hasta el mismo altar; así en la madrugada cuando mis seres queridos lleguen a buscar su ofrenda puedan seguir el camino de cempasúchil que los guiará a través de la oscuridad hasta sus meriendas favoritas. Ahora bien, siempre he visto cómo es que estas flores hacen un camino en mi casa, pero una duda creció lo suficiente en mi mente como para buscar la respuesta y aquella pregunta fue ¿Dónde empezó el camino de aquel cempasúchil para que ahora esté en mi mesa?

Fue un frío y lluvioso domingo 17 de Octubre en Xalapa, cuando decidí aventurarme para resolver dicha duda, así que un poco desvelado, con cámara cargada y la mejor actitud, emprendí una pequeña pero divertida travesía a Naolinco, siendo más específicos a San Pablo Coapan, un pequeño pueblito formado entre cerros, con subidas empedradas y bastante pronunciadas, casas repletas de colores y una iglesia grande en el mero centro de todo San Pablo. Cuando llegué a aquél mágico lugar, me recibió un cielo nublado y con un chipichipi característico de los cerros repletos de verde de aquellas zonas, a diferencia de la capital de la Verdadera Cruz, la cuál había dejado con una lluvia de gota gorda.

Por eso de las dos y media o tres de la tarde, tuve la primera interacción con los locatarios, a quienes les pediría información para poder encontrar campos de sembradíos de cempasúchil, a la primera persona que me acerqué, fue un señor de una complexión robusta, moreno, con unos 50 años aproximadamente, Esaí es su nombre; el me dijo que me acercara más al centro, ahí encontraría un pequeño, pero basto sembradío de cempasúchil, así que le hice caso y caminé unas cuadras hasta llegar a dicho local.

Cuando llegué, me encontré con un portón de metal negro de dos metros y medio, este estaba abierto completamente, dejando ver un pasillo no tan extenso, donde se encontraba aquel huerto relativamente mediano hasta el fondo, teniendo al lado de las paredes, extensas hileras de cempasúchil sembrados en macetas de plástico cafés, sin embargo, no quise entrar y opté por preguntarle a la encargada de dicho lugar dónde podría encontrar campos más grandes de la flor de muerto.

Su respuesta fue que subiera la colina empedrada que estaba detrás de la iglesia, fuera a la casa de dos pisos y preguntara por Don Constantino, así que eso fue justo lo que hice. Al conocer a Don Constantino, un señor de aproximadamente 75 años, de estatura baja, con una barba blanca como la nieve, llevaba puesto un sombrero vaquero de palma y una chamarra mal abrochada que dejaba ver su pecho descubierto (el cuál estaba igual de tupido de bellos canosos), le platiqué de la duda que tenía desde hace unos meses, así que el amablemente accedió llevarme a unos campos que estaban como a diez minutos de su casa. En el camino, el me platicó que lleva mas de diez años en el negocio de la flor de cempasúchil junto con toda su familia, me relató de una manera muy superficial del cuidado de la flor y como es que la recolectan en estas fechas.

Don Constantino me dejó a unos cuantos metros del sembradío y me dijo que me siguiera derecho para poder encontrar dicho lugar, así que seguí caminando por mi cuenta, conforme avanzaba, el olor a tierra mojada por el chipichipi se hacía más intenso, el camino dejó de ser pavimentado para volverse terracería, cada que avanzaba un olor peculiar llegaba a mi, era un olor equilibrado entre algo fresco, no obstante, dulce. Mis pasos dieron con una pared hecha de blocks y como si fuera algo mágico, detrás de aquella pared, se me fue revelando poco a poco el extenso campo de cempasúchil, en ese momento los olores característicos de la flor se dispararon, los colores grises del cielo y de los verdosos cerros se vieron opacados por un color amarillo o anaranjado que abarcaba hectáreas y hectáreas de suelo, cada flor era diferente y el rocío del chipichipi que descansaba en los pétalos de cada una, pese a ser una flor para los muertos, el destello que reflejaban gracias al rocío evocaba la vida misma. Al fin había encontrado los sembradíos que tanto había anhelado conocer.

Un viento frío característico de día de muertos me pegó de frente y es en ese momento dónde encontré paz, así que saqué mi cámara y procedí a capturar cada destalle de aquel asombroso lugar, estuve aproximadamente media hora o cuarenta minutos disfrutando del paisaje (obvio cuidando cada paso de daba para no maltratar ni una flor), haciendo una que otra fotografía que afortunadamente hoy las guardaré como un recuerdo preciado para el resto de mi vida y por fin con una duda más resuelta.

Texto y fotos de Alejandro Salazar

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