El amor de mi vida

Aníbal del Rey

IG @anibaldelreymx

Twitter @anibalmirey

¿Qué nombre les viene a la mente cuando piensan en el amor de su vida?

Por cierto, la semana pasada no escribí. Disculpen a los tres asiduos lectores de esta humilde columna. Hui un rato a casa de mis padres en mi natal Poza Rica. Siempre es bonito llegar a un lugar seguro donde sabes que nada te podrá dañar; a veces es algo, otras alguien, quizá es un dónde. Estuve una semanita descansando, apartado de mi amada Xalapa. Adoro con el alma esta ciudad, pero necesitaba un apapacho… Uno de quienes sabes que te cuidarán y a pesar de las veces que la cagues, siempre, siempre estarán contigo no importa qué tan mal huelas (aunque creo que yo siempre huelo bonito).

Volviendo a la pregunta inicial y después de comenzar a ver la serie de Netflix, Élite, recuerdo mi primer amor. No ha sido el “gran” amor de mi vida, pero sí el primero. Mi noviecillo a los 16 años, Luis Enrique. Cabe aclarar que yo era “hetero” y “nadie” sabía que tenía una relación con un vato. Él era mayor que yo, bastante. Hoy lo pienso y digo “¡qué gandalla!”. Bueno, aquello fue lo que fue, y la primera vez nunca se olvida.

En otra época, Mauricio fue también mi gran amor y, en su momento, el más grande. Recuerdo que los viernes a las siete de la mañana tenía clases de Historia del Arte con la maestra Guadalupe Buzo. Era despertar con la energía a full. Esa mujer era un torbellino. Hasta hoy es uno de mis ejemplos cuando doy clases. Preciso de su fuerza, su compromiso y ese amor por la docencia. Luego de salir de su clase corría a CAXA y me trepaba en una travesía que iniciaba en Xalapa y llegaba hasta Guadalajara. Todo era como tocar el cielo. ¿Alguna vez han amado así? Literalmente, sentirse flotar y dejarse llevar entre las nubes por corazoncitos perfecto. Yo tenía 19 años, mis ideales eran gigantes, las expectativas reinaban y Mau las cumplía: un hombre que me amaba, me abrazaba como Dios, me cuidaba y procuraba. Teníamos un código especial y nos admirábamos. Fue una relación muy corta, solo algunos meses; sin embargo, una vez que decidimos decir adiós (por la lejanía y la inexperiencia), ese duelo duró muchísimo tiempo, años.

Luego de sanar y tras uno que otro liguecillo (y dijera mi amiga Ale: “una que otra maniobra creativa”) llegó Lanfranco. Con su experiencia y su punto de vista tan amplio me abrió el panorama. Él me hizo comprender el mundo entero y me dio muchas herramientas para vivir la vida fuera de mi perspectiva. Con él, entendí a borrar los celos, a confiar a ciegas y a desafiar los prejuicios. Junto a él me sentí el rey de la ciudad, del país y del continente entero. Fue la primera vez que viajé fuera de México con una pareja, la primera conociendo a la mamá de mi novio como una pareja oficial, conocí a mis cuñados y a las personas que él amaba. Realmente, el amor existió y hasta hoy persiste. Me enseñó a ser yo, no con sus ideas; me enseñó a confiar en mis instintos y a valorar mis talentos. Me regaló tanto de él que hasta hoy persiste en mi vida. Muchos creen que aún lo amo… Y es totalmente cierto. Nuestro amor trascendió, porque ese sentimiento es hoy más bien filial. Nos sabemos familia. Quiero conocer a sus amores y acompañarlo en sus dolores. Él fue en su momento el amor de mi vida también y hoy solo quiero que su alma sea lo que él quiera que sea. Hoy lo amo con el alma entera.

Hablaba ayer con mi amiga Lizbeth, y entre esas pláticas súper random nos preguntábamos que cómo sabíamos que estábamos enamorados. Sospecho que yo ya descubrí cómo saber si amo a alguien. Quizá esté equivocado, tal vez no; sin embargo, es mi perspectiva. ¿Daría la vida por X o Y? Si la respuesta es “Sí”, ya mega fui. Ustedes saben en quién estoy pensando… y no tengo dudas: mi vida por ustedes. Ojalá no tenga nunca que aplicarlo en mi vida diaria, porque me encanta vivir, pero sí… Así he entendido cuándo alguien se ha robado mi corazón.

Bueno… Aquí aparece Edgar. Hace unos dos años que terminamos nuestra relación y hoy, sin buscar, aspiro a encontrar no menos que lo chingón que viví con ese vato… La parte buena, claro está, no lo terrible del adiós. ¡Cómo nos gustaba el drama! Pero bueno, nos entregamos totalmente. Superamos pruebas totalmente intensas de salud, de integridad, de fuerza y confianza, sobrevivimos. Y no sé si la palabra “sobrevivir” sea parte del amor en una forma correcta, pero es que los retos durante esos dos años que estuvimos juntos fueron duros, pero la manera de superarlos fue mil veces mejor. ¡Ojo! No quiero a un Edgar en mi vida, aunque algunos cuates lo sospechen.

Hoy no sé qué quiero, pero sí sé lo que no necesito; lo he dicho antes. No estoy dispuesto a aceptar en esta vida todo eso que no me haga feliz.

Después de él he estado envuelto en una que otra relación, que no es noviazgo, pero de alguna manera sí lo es… Hoy, a mis 34 años (casi 35), sí tengo ganas de enamorarme de nuevo, de que aparezca alguien que me encante y me llene de orgullo presentarlo como mi novio. No busco nada, no sé si esté bien, quizá ese sea mi error. No me urge. Ahora creo sinceramente, más que nunca y con todo el corazón, que el amor de mi vida, el más grande, leal y real, soy absolutamente yo… Y nunca debemos serle infieles, desleales o mentirosos al yo.

¡Ay, dioses de los vuelos internacionales! Cuánto me quiero y qué bien me caigo. Si pudiera (como dijera mi amiga personal, Niurka), me haría el amor yo solito.

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