¿A qué suena Rajmáninov?

Lucio Ferrer tomaba café y miraba el cielo desde el balcón de su oficina. Divisaba una mala borrasca que parecía aproximarse y el viento fresco en su rostro lo relajaba. Paladeaba las notas que el retrogusto del arábiga le proporcionaba y escuchaba a bajo volumen el concierto número dos para piano y orquesta de Serguéi Rajmáninov. ¿Qué tenía el ruso que tanto placer le proporcionaba?, ¿será que el romanticismo pueda volver algún día a la escena artística contemporánea?, ¿será que a alguien le importe?, ¿habrá algo de romántico en los murales revolucionarios de Melchor Peredo? Pequeñas gotas de lluvia comenzaban a aparecer, extendió Ferrer la mano para sentir la brisa. ¿A qué suena el concierto de Rajmáninov? Suena a soledad, a dolor intrínseco, a falta del aliento, a una vida que se extingue. ¿La muerte dolerá? No creo que duela más que estar vivo, reflexionaba; total, como dice Élmer Mendoza: las cosas de la vida y las de la muerte son las mismas, solo que unas ocurren a las siete y unas a las siete treinta. Miró su reloj, seis cuarenta y cinco, todavía me quedan entre quince y cuarenta y cinco minutos de vida, pensó Ferrer con una mueca divertida y resignada al mismo tiempo. Decidió apartar la vista del cielo cada vez más oscuro y volvió a su lectura, El sueño eterno de Raymond Chandler, qué bien le caía el detective Philip Marlowe. ¿Amar dolerá más que morirse? Definitivamente, o si no ¿cómo se explicaba esa desazón que lo había acompañado las últimas semanas? ¡Entonces el concierto número dos de Serguéi Rajmáninov suena a un periodista cultural de treinta y tres años pendejamente enamorado! Seguro que sí, ¿qué estará haciendo la muchacha de los lentes grandes? Demasiadas incógnitas para esas horas de la tarde, se dijo. Cielo negrísimo, relámpagos en el horizonte.

Se levantó, fue hasta la cocina y se sirvió un Jean Bean doble sin hielo. Era un pecado, seguía cavilando en la intimidad, ponerle hielo al buen bourbon; ojalá algún día puedas probar el buen bourbon, añadió el subconsciente. Cambió la música: el amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males, Leonard Cohen asestó el golpe final a su melancolía. Imaginó que Rey se habría reído de su aflicción. Para ti, le había dicho su editor en cierta ocasión, sólo existen dos clases de mujeres: las que ya te cogiste y las que te puedes coger. Un gesto cínico endureció la sonrisa de Ferrer. Pero en eso el Director Editorial de El Xalapeño se equivocaba, discurrió mientras miraba en su celular una foto de la joven de los lentes, existía una tercera clase, y él llevaba rato pensando en cómo estar con ella sin cagarla. 

Incómodo, inmóvil frente al vaso de whiskey, concluyó que ignoraba la respuesta a demasiadas preguntas. Se dirigía de vuelta al balcón, afligido, cuando alguien llamó a la puerta. Por reflejo profesional miró hacia la calle, nada vio de sospechoso, algunos coches estacionados entre la creciente penumbra, una mujer que bajo un alero se refugiaba de la llovizna. Todo parecía en orden pero su instinto, adiestrado en olfatear el peligro y las buenas historias, lo puso alerta. Cogió del escritorio su pluma fuente, una estilográfica Sheaffer Balance color negro con vivos muy discretos en dorado, que había sido de su abuelo, y le quitó el capuchón. En unas manos hábiles, clavada con rapidez en el cuello o en el oído o en un ojo, una pluma fuente podía ser tan mortal como cualquier arma blanca. Luego anduvo hasta la puerta y, durante un instante, analizó riesgos y posibilidades, los pros y contras de atender al llamado. ¿Quién es? Dijo conteniendo la respiración. Policía ministerial, respondió una voz masculina al otro lado de la puesta. Parecía amable y eso no tranquilizaba a Ferrer. Calculó éste con rapidez, ¿qué quería la policía con él?, ésa no era hora para visitas oficiales. Tenso, con la pluma escondida en su mano izquierda, abrió la puerta y ofreció la más diplomática de sus sonrisas, era un gesto encantador, ensayado muchas otras veces en situaciones parecidas. ¿En qué puedo ayudarles, caballeros? Eran dos, ambos vestían pantalón táctico caqui y camisas negras deslavadas. Uno más bajo y rechoncho, con bigote crecido y mal recortado, estaba parado frente a la puerta; el otro, más alto y ligeramente fornido, con el cabello cortado como cepillo, estaba recargado en el pasamanos de la escalera, unos pasos más atrás. Lucían, o intentaban lucir, advirtió Ferrer, profesionales y educados, ninguno parecía amenazador. 

Soy el comandante Escovar, el más bajo se presentaba, mi compañero es el agente Rodríguez, ¿podemos pasar?, queremos hacerle unas preguntas. ¿Sobre qué? es algo tarde, ¿no cree?, el periodista respondía con la misma cordialidad fingida. El otro echó un vistazo por encima del hombro de Ferrer, hacia el interior del departamento, contempló la biblioteca y la oficina al fondo. Una simple conversación, respondió, queremos hablarle sobre una persona desaparecida, un tal Peredo García Melchor, revisó el nombre en una pequeña libreta, sabemos que tal vez usted tenga información que pueda ayudarnos a localizarlo. Son preguntas de rutina, insistió, de trámite, no le quitaremos mucho tiempo. Pues no son horas. Tiene usted razón. Ambos se miraron un segundo, el bigotudo no borraba la plástica y sosa sonrisa del rostro. Pasen por favor, ¿gustan un café?

Entraron en el departamento y se instalaron en la biblioteca, rechazaron el café. Dirigió Ferrer un rápido vistazo al pasillo, a las escaleras del edificio y a la calle antes de cerrar la puerta; todo en tensa calma. ¿Gusta un cigarro?, el del corte de cepillo extendía una cajetilla de Delicados hacia el periodista. No, muchas gracias, no fumo, dijo el otro, eso es para hombres. El agente rió y retiró el paquete sin saber si había sido insultado, se sentó en uno de los pequeños sillones de la sala y guardó silencio. El comandante Escovar permanecía de pie, contemplando los estantes de libros, malicioso, como intentando conocer al dueño a través de los títulos. ¿A qué se dedica usted?, escupió de pronto con cierto menosprecio, sin voltear a ver a Ferrer. Soy periodista cultural. ¿Y de dónde conoce al señor Peredo García? Es una una figura muy importante en la ciudad, lo he entrevistado varias veces y lo saludo siempre que me lo encuentro por la calle. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? Mucho antes de comenzar la pandemia. Ferrer se sentía incómodo siendo interrogado; decidió cambiar de estrategia y ser él el que preguntara. ¿Por qué creen que yo sé dónde esta? Al fin volvió la mirada el otro, observando fijamente al periodista que se había sentado en el sillón más grande de la pieza y cruzaba la pierna a lo Humphrey Bogart. Sabemos que ha estado preguntando mucho por él. Sabemos desde cuándo. Sabemos dónde y con quiénes ha hablado. Sabemos que, como a nosotros, le interesa mucho la desaparición de esta persona. Lo que ignoramos es el porqué. 

Estoico por carácter y por oficio, Ferrer mantuvo la compostura y no se mostró sobrecogido al descubrirse vigilado por la policía ministerial de un estado como Veracruz. Sostuvo la mirada del bigotón, que lo observaba en completo silencio, como esperando una confirmación, como aguardando a que cometiera algún error. Creo que eso no le incumbe, agente, mi trabajo periodístico está fuera de su jurisdicción. Comandante, por favor, solicitó el otro con la amabilidad de un verdugo. No me place darle explicaciones, comandante, es cierto que estoy haciendo un reportaje sobre el maestro Peredo pero no puedo decirle nada más; si gusta leer mi texto en El Xalapeño cuando lo publiquen, ahí podrá enterarse de todo. 

Escovar continuó confiado, inflando el pecho con arrogancia. Visitó hace una semana la última dirección conocida del señor Peredo y pasó la noche ahí, ¿cómo le hizo?, Ferrer se mantuvo impasible. ¿No habrá sido en casa de Luciana Roldán o sí? Los dos policías se carcajearon rayando en la vulgaridad. ¿Cómo ve, pareja?, el bigotón se dirigía burlón al otro agente, a este cabrón sí se le hizo, no que a usted lo mandaron a rechingar a su madre. El otro asentía sin dejar de reír. ¿Qué sabemos de la señora Roldán, pareja? El cepillo revisó su libreta: tiene cuarenta y un años, divorciada, trabaja en la cafetería Bolena, entra a las 10 de la mañana y sale a 8 de la noche, a veces hasta más tarde. Ferrer asintió ecuánime aunque cada vez más tenso, no quería regalarles ninguna reacción emocional. Estuvo en el Texano el sábado pasado, ¿no, señor Ferrer?, la acometida del comandante no terminaba, pasó como dos horas platicando con una fichera bastante fea, ¿era sobre lo mismo? 

Afuera la lluvia arreciaba y la oscuridad era total, el viento golpeaba fuerte las ventanas. ¿Ha leído a Raymond Chandler, comandante?, Ferrer se adornaba con una media Verónica, porque utiliza usted técnicas de investigación muy eficientes, de primer mundo, no hay duda que, como dice el gobernador, tenemos a la mejor policía del país. Me gustaría mucho colaborar con su investigación pero yo no soy tan diestro como ustedes, no he tenido resultados y sé muy poco sobre el actual paradero del maestro. Si llego a descubrir algo con mucho gusto lo compartiré con los agentes del orden, quiero ser un buen ciudadano. Por primera vez en toda la noche la sonrisa de Ferrer fue auténtica, gozaba tocándole los huevos al tigre. Conmigo no te hagas el gracioso, reportero de mierda, Escovar se acercó amenazante, yo no sé quién ese ese Raimon Sánchez o como se llame, y me vale madres si estás investigando o no, lo que quiero saber es por qué investigas y quién te lo pidió.  

Ferrer necesitaba una salida, el juego se estaba tornando peligroso, decidió que era hora de dejar de jugar. La instrucción de escribir un reportaje sobre la obra de Melchor Peredo la dio el Director Editorial de El Xalapeño, sabía que el nombre de Rey y su cargo seguían gozando de cierta deferencia en ése tipo de asuntos, si gustan puedo darles el número de su secretaria para que agenden una cita y sea él quien les explique los porqués y hasta los cómo. Yo tengo una columna que escribir, así que si me disculpan… Los policías se miraron un instante. Le agradecemos mucho, señor Ferrer, el comandante volvía a asumir su irritante afabilidad, estaremos al pendiente de usted. Ofreció su mano, gesto al que Ferrer no respondió, y ambos salieron de ahí, perdiéndose entre la oscuridad y la lluvia. 

El periodista terminó de un solo trago su whiskey,  volvió a poner el concierto número dos para piano y orquesta de Serguéi Rajmáninov, ¿a qué quedamos que suena?, y se tumbó en el sillón a leer. Esa noche no durmió, temía de ciertas pesadillas.  

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