No sin mi sonrisa

Aníbal del Rey

¿Cuál es su mayor miedo en la vida? Pero, de verdad, el más grande. Digo, si me preguntan por un miedo bobo, las cucarachas me dan asquito, pero de ahí no pasa.

Preguntaba entre mis amigos la misma cuestión con la que abrí este texto y su respuesta coincidió varias veces. Los que son padres temen tremendamente que a sus hijos les suceda algo malo, que enfermen, que sufran o que mueran antes que ellos. No tengo ni idea de lo que es ser un papá luchón, papacito sí, pero padre solo de mis perras. Esa forma de amor filial es tan entregada y sin pedir nada a cambio. ¡Claro! Pienso en mis padres y no me queda duda alguna.

¡Cómo es este mundo de intenso y diverso! Otro amigo del alma me citó la “Carta al padre” de Franz Kafka. Me quedé helado. Si no la han leído, échense un clavado. Pero cito textualmente el inicio de ésta: “Queridísimo padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo”. Como dicen los chavos de ahora: quedé.

Cada cabeza es un mundo. Daviel, uno de mis grandes amigos respondió sin dudar: “Morir sin gloria, sin trascender o sin haber tenido algún éxito” No entiendo ni tengo que comprenderlo. Ya fue mucho hablar de los demás.

Una de mis metas en la vida es pasarla tranquilo, en paz, con privilegios, pero sin lujos. Claro que me gustaría tener un chorro de triunfos, pero no necesito que me los celebren. Me caigo re bien y casi a diario me aplaudo hasta cuando me preparo el desayuno; la verdad, es que tengo varias virtudes y, aparte de estar bien sabroso, cocino deli, deli.

Es hora de soltar mi ego y empezar a contar más sobre este papucho. Respondiendo a mi mayor miedo, hasta me cuesta escribirlo porque no deseo que suceda nunca (más). Pienso -no sé- en Beetlejuice o Voldemort… Si los nombras, aparecen. No le temo a la muerte, ¡ojo! No deseo morir ni que la banda que amo se pele. Disfruto mucho mi vida. Creo que es realmente sorprendente, curvilínea y elocuente, magníficamente colosal, extravagante y animal… Sí, así de bien la paso y eso es habitual. Cada día voy aprendiendo a amar enterito a aquellos que llevo en el corazón, a comérmelos a mi modo y compartir el alma con ellos (sí tengo alma, ya lo comprobé). Sé agradecer por la vida de los que están y de los que se fueron. Me ha dolido cuando los que amo parten, pero me he quedado con toda la grandeza que me dieron; se siente tan bien cambiar el vacío llenándolo de buenas memorias. Entonces no, la muerte no me da mellito.

Cuando era pequeño -tipo 8, 9 años- tuve un leve incidente que me dejó con mis dos dientes frontales a la mitad, creo que por un tiempo tuve como apodo “El chimuelo” (sin albur). Mis dientecitos permanentes que recién acababan de salir eran enormes, como de conejo. Recuerdo que eran soberbios. Con los años fui cambiando periódicamente de prótesis para cubrir esos espacios horrorosos. Mi padre es dentista (felizmente retirado) y procuraba que conforme yo creciera, mi dentadura se fuera adaptando a las medidas y estética de mi rostro. Ya volveré a este tema.

Mucho ruido y pocas nueces. Mi temor más grande en esta vida es “no poder sonreír”. Lit, ser incapaz de abrir los labios y mostrar los dientes. Me da pavor el solo escribirlo.

Podrá parecer una torpeza para algunos, ¡caray! Es tan solo una sonrisa. Pero en el peor de los escenarios y exagerando las telenovelas que creo constantemente en mi cabezota totonaca (sí, soy totonaco), deseo con toda el alma poder ser capaz de decir un “Las cosas son exactamente como tienen que ser” y aún así aventarme una sonrisa. No tiene que ser una risa a carcajadas, solo preciso mover los labios ligeramente hacia arriba y tener un dato de esperanza, un símbolo que me dé la energía para continuar y saber que una sonrisa (de mí para mí) me levante el ánimo y me reinicie el día… Lo afirmo constantemente, podemos decidir y empezar las veces que sean necesarias.

Les hablé de mi dentadura falsa. Estas últimas semanas tuve que cambiar mis prótesis, pues tenía ya unos siete años con ellas y tuvo una filtración; mis dientes comenzaban a incomodarme pues lucían de diferente color entre ellos. ¡Qué mal la pasé mientras estaba en este proceso dental que duró apenas poco más de dos semanas! Entiendo que hay problemas reales en el mundo: Covid, guerras, socavones y elecciones (BTW, ojalá haya ganado su candidato y les den hueso, ¡guaf!). ¡Vamos! Hay tantas cosas por las que de veras preocuparme y ocuparme, pero no entendía cómo mi mayor miedo se estaba volviendo realidad.

Quienes han tenido un proceso dental un poco mas elaborado, sabrán que hay que esperar unos días, poner, quitar, usar piezas provisionales, aguantar los martillazos y el sonidito espeluznante del taladro. Entre el mal humor por tanto piquete (no de los chidos) y los dientes provisionales, pasé unos días bien agobiado. Pensé que no podría mostrarle mi sonrisa a nadie jamás, pensé que eso que tanto me gustaba de mí se iría y me quitaría una parte de mi esencia.

Todo pasa, siempre. ¡Todo! Lo bueno y lo malo. Siempre le digo a mi sobrina Sara que si tiene un momento chido, lo aproveche y disfrute al máximo. Pero si está viviendo un mal día, recuerde que terminará. No sé cómo lo olvidé. ¡Qué fuerte y qué débil puede ser la mente!

Con todo y este show, hubo quien esta semana me vio guapo -que lo soy, pero me caigo para que me levanten-, quien me hizo sonreír -aún abajo del cubrebocas-. Estos días yo aprendí algo que ya sabía pero había olvidado: cómo un beso puede reiniciarme el chip y recordar que por más que quiera pensar y analizar todo, ¡chingao! Soy solo un animal, un animal enamorado.

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