La bebes o la derramas

Aníbal del Rey

Si tienen chance, mientras están leyendo esto denle play a Me cuesta tanto olvidarte de Mecano, no más pa’ que se pongan en el mood nostálgico. 

Uno de los mantras que últimamente he intentado aplicar es “no aceptes lo que no te haga feliz”; irónicamente, apenas lo utilicé y, ¡caray!, cómo es difícil. Si leyeron mis anteriores historias, tal vez me entiendan, aunque creo que varios hemos tenido en nuestros relatos de vida a esa persona en el corazón que nos hace pensar en un “sí, pero no”.

Carlos y yo nos conocimos por casualidad en una chamba. Yo, fotografiando; y él, maquillando. Las cosas se dieron súper natural, mágicas y sin pedir o esperar nada. Salimos un par de meses y fue bastante divertido. Yo me sentía enorme. Lo llegué a pensar mi cielo. 

A estas alturas, supongo que entienden que nuestra historia de amor “ya valió barriga, señor Chorizo”. No nos creamos expectativas. Tampoco nos idealizamos ni nos exigimos. Así funcionaba todo y nos quedaba perfecto. Hoy por la mañana, hablaba con un cuate y me comentaba que él sabía claramente lo que quería en su vida… ¡Chales! Yo no tengo ni idea de ese requerimiento en la mía, pero tengo clarísimo lo que no necesito. Supongo que esta lista irá creciendo día con día -vejez le dicen-. Para resumir el chisme con Carlos: tuvimos diferencias que yo no podía aceptar y que él no veía igual desde su perspectiva. Y pues “¡No, mi ciela! Con permisa. Ninguno estaba en esta relación -que no era relación, pero sí era relación- de a huevo. Nadie tendría nunca que estarlo. Así que decidimos separarnos. ¡Ojo! No fue algo impulsivo, ni para determinar quién tenía más poder, solo fue reconocer que hay cosas que no podemos cambiar en el otro. La pregunta que me hice fue: “¿Realmente quiero que cambie por mí?” O más fuerte aún: “¿Debería yo de cambiar por él?”.

Paréntesis. Entre todo este show me acordé de Edgar, la última relación así intensa, intensa que tuve. Fuimos novios y nos amabamos. Estuvimos un ratote juntos. Al final las cosas se pusieron dramáticas. Terminábamos un par de semanas y volvíamos un mes, así sucesivamente por largas temporadas. Era un ir y venir interminable. Y sí, descubrí una parte tóxica en mí que desconocía, y de la que les hablaré más adelante. Cabe mencionar que ese tema está sanado y en su lugar. Solo era para que me conocieran un poquito más. 

Una parte de mí, ahora que Charlie no está, Charlie se fue…, muere de ganas por escribirle, buscarlo y decidir hacerme de la vista gorda. Llegar con un “no pasa nada” e intentarlo una vez más, o dos, o tres… Y entonces me acuerdo de mi mantra hermoso y se me pasa: “No aceptes lo que no te haga feliz”.

No estoy dando ningún consejo a nadie. Todos nos sabemos equivocar solos. Siempre le digo a mi sobrina Sara que si comete un error estaré con ella para apapacharla las veces que sean necesarias, pero que ese tropezón al final es suyo; sin embargo, si tiene un acierto y le va increíble, la acompañaré y aplaudiré cada uno de sus triunfos, pero así como las fallas son de ella, los éxitos también lo son. Lo que quiero decir con esto es que no pienso estar donde me haga más mal que bien; y es que una de las cosas que tengo claras en la vida es que feliz sí que quiero ser (*cries in spanish*).

Pues aquí estoy amigos. La onda con Charlie está tranquila, no me debe nada ni yo a él. Hicimos valer lo bonito de nuestro ratito juntos (inserte aquí el “Mhhh” coquetón del “Niño del Oxxo”). Y como soy todo un caballero no me pidan que les cuente más (chismosos).

Creo que, a pesar de todo, el destino siempre ha sido bastante chido conmigo. Me pone tipazos enfrente… o atrás, dependiendo de cómo ande la temperatura del día. Así la vida, en general, tú sabrás cuánto tiempo aguantas, si puedes o quieres… Aunque si hablamos de la vida, creo que yo me quedo con una frase del famosísimo YouTuber veracruzano Felipe Ferras Gómez o pa’ los cuates “El Ferras”, quien muy sabiamente dijo una vez “Za, za, za (…) La bebes o la derramas”.

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