La misteriosa desaparición del último muralista mexicano

Primera parte

En la entrada de El xalapeño, una placa de bronce conmemoraba la fundación del periódico hacía ya sesenta años. Oxidada y sucia recordaba, a quienes rara vez se detenían a mirarla, que el segundo periódico más importante de la ciudad había sido fundado como oposición al conservador y oficialista Diario de Xalapa. En sus inicios, y solo en sus inicios, había sido un medio crítico y hasta incómodo al gobierno del estado. Se ubicaba sobre la avenida Ávila Camacho, casi frente a las instalaciones de su enemigo ideológico, muy cerca de palacio municipal. En el recibidor ya no había recepcionista, no alcanzaba más para su sueldo. Los pasillos, iluminados por luces incandescentes, albergaban cubículo tras cubículo de godinez de la información que no despegaban la vista de los obsoletos monitores. Olía a café quemado y a los clandestinos tacos de costilla en chile seco que alguno de los empleados había colado y comido en su mesa de trabajo.

La oficina de Rey, discreta y ordenada, era la primera del tercer piso. Desde una de las ventanas se tenía una bella vista de la avenida y de la enorme araucaria del Parque Juárez. Aunque hacía tiempo que su ocupante había dejado de fumar, seguía oliendo al tabaco que había quedado impregnado en las paredes que alguna vez fueron blancas. Un escritorio de madera, una estantería llena de libros de Kapuściński, García Márquez, Vargas Llosa, Capote, Leñero, Marín y, desde luego, Julio Scherer, incluyendo el Manual de estilo Proceso, que había sido su biblia durante los quince años que llevaba ejerciendo el periodismo. Rey solía tomar pequeñas siestas en la sala de piel sintética que le daba a su oficina un aire de importancia. Era un tipo educado en la vieja escuela del periodismo: para él todas las cabezas debían iniciar con un verbo, todas las notas tener bajante y por ninguna circunstancia se debía justificar los textos en el periódico. ¿A qué hora llegas y a qué hora te vas?, le preguntó alguna vez un estudiante de la carrera de Comunicación de la Universidad de Xalapa que había ido a visitar las instalaciones del periódico en un viaje de estudios. Llego a la hora que tengo que llegar y me voy a la hora que me tengo que ir, le respondió. El chico no entendió nada.

Ferrer llegó, a propósito, diez minutos tarde a su cita. Lucía fresco, confiado, sabedor de su posición privilegiada como uno de los protegidos del editor. Saludó a Mariana, la secretaria de Rey y recargó una mano en el escritorio de cristal color humo. Llegas tarde, dijo ella sin despegar la vista de la pantalla de su laptop, te ha estado esperando mucho rato y no está contento, añadió con un desprecio inequívoco. Es que me desvelé pensando en ti, chula. Ay, ajá, apúrate. Ferrer esgrimía ante ella la mejor de sus sonrisas sin éxito. No es que le pareciera muy atractiva, era la inmunidad de la secretaria ante sus encantos lo que le fascinaba. Esposa y madre ejemplar, ligeramente bonita, pasada de los treinta años, Mariana Gutiérrez llegaba puntual al periódico y se iba solo después de que su jefe hubiera dejado el edificio, de domingo a viernes, desde hacía cinco años. Entró el periodista cultural a la oficina y saludó sin mucho interés, disimulando su buen humor. Ahí tú di, cabrón, ¿qué te has creído? El mal humor de Rey no era fingido. Sonrió chueco Ferrer, al menos ese cometido sí lo había logrado, sentía un extraño placer en hacer enojar a su amigo. Rey vestía elegante, con saco caro y pantalón bien planchado, camisa negra lisa y tenis de marca fina que le daban el único toque juvenil al atuendo. Estaba recostado en su sillón y disimulaba la somnolencia pretendiendo leer El Universal. Una lata coca cola abierta aguardaba en la mesa de centro, se había templado. Ferrer revisó su reloj y se disculpó. Perdón, mi Rey, dijo cínico. El editor emitió un gruñido sin dejar su periódico.

Alzó por fin la vista y lo escudriñó como una profesora de primaria frente a un niño mal portado. Estás atrasado dos semanas con tus entregas, ¿ya no tienes nada que escribir o qué? El mal humor daba paso a la procaz provocación. No es mi culpa, el otro respondió con la misma insolencia, estos cabrones del IVEC no mueven un dedo, y ya me cansé de reseñar obras de teatro, la ciudad está muerta, Rey. Pues ese no es mi problema, o te pones a trabajar o te retiras. ¿Y de dónde quieres que saque material? Ah perdón, yo pensé que había contratado al mejor periodista cultural de Xalapa, si quieres le digo a la jefa de información que te pase agenda como al resto de los reporteros. No, no es para tanto, sonrió Lucio Ferrer, llevando ambas manos hacia arriba, excusándose. La suya era una mueca de indiferencia cruel. ¿Para qué me hiciste venir?, hace mucho calor. Tengo una encomienda especial para ti, un favor que me ha pedido Rodolfo Mendoza. Había en Rey una preocupación genuina, comprobó el periodista. ¿Pues para qué soy bueno? Se miraron fijamente. Supo Ferrer que la cosa iba en serio.

Melchor Peredo está desaparecido, escupió por fin el editor, jugueteaba nervioso con la lata de Coca Cola, no se le ha visto desde hace un mes. ¿No estará de viaje? Ferrer seguía ladino, supe que le gusta mucho Acapulco, a lo mejor se fue a pasar la cuarentena allá. Le arrojó el otro una mirada feroz. ¿Crees que si estuviera de vacaciones se habría ido sin avisarle a nadie? Ninguna persona en la Universidad o en el Instituto de Artes Plásticas sabe algo de él. Dejó su estudio abierto, los pinceles tirados y sucios y varios bocetos sin terminar. Pues hay que encontrarlo, agregó Ferrer con cáustico interés, porque el día que se nos muera Melchor Peredo se acabó el muralismo mexicano, ¿sabías que fue Jacques Lafaye el que dijo que él era el último muralista mexicano? Ya sé que eres un intelectual de buena escuela en versión descarriada, Rey volvió a gruñir, pero deja de presumir, cabrón, que esto es serio y urge: Te hice venir porque tienes que averiguar qué pasó con el maestro.

Contempló Ferrer el ventanal, disfrutando la vista de la avenida. Miró luego al otro extremo de la oficina y descubrió la figura de Mariana Gutiérrez recorrer apurada el pasillo. Taconeo firme, caderas gloriosas, pensó distraído. ¿Por qué yo? El suyo era un tono parecido a la rabieta de un niño. Porque eres un periodista y ese es tu jodido trabajo. Rey volvía a tomar el mando de la conversación. Y porque eres el único que le entiende a estos temas. Y porque no conozco a nadie en este puto mundo ni en esta puta profesión capaz de manejar lo cruel, lo oscuro y lo misterioso con la naturalidad con la que lo haces tú. Eres un buen investigador, un truhán redomado y, si me apuras, un criminal en potencia… pero también escribes bien y eso es para lo único que me sirves. Había un timbre de admiración en su voz, de afecto disimulado. Vives a tus anchas, concluyó, Aristóteles te odiaría por vivir en la incertidumbre, así que te callas y te pones a trabajar, encontrar a Melchor Peredo es tu única prioridad a partir de ahora, ¿entendido?

Daviel Reyes

Melchor Peredo
Foto: Jazz Maldonado

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