El no ya lo tienes

Soy Aníbal. Fotógrafo. Tengo 34 años, mido 1.77 m y peso 80 kilos. Un chico bastante normal, sin seguro médico y de jubilación mejor ni hablamos, gay, tengo dos perras, común como cualquiera. Recién me mudé de casa y estoy en un proceso de desintoxicación, no de drogas o alcohol, sino de la vida: hoy todo, al menos en mi percepción, es nuevo.

En la chamba me considero algo pretensioso, aunque en el día a día hablo de la sencillez con que me desenvuelvo. Siempre digo que soy bastante profesional y es que en verdad lo soy. Jamás cruzo la línea con las personas que fotografío. Si bien soy bastante divertido en mi mood de director en las sesiones que realizo, sé hasta qué punto llegar con los modelos y las personas que retrato, conozco los límites a respetar y hasta dónde hacer el ambiente más llevadero. En verdad profesional, cabe mencionar que soy bastante bueno en lo que hago, ¿hablé de pretensión?

Hace un mes más o menos fotografié a Aurora en una sesión de boudoir (lencería) donde el puro gusto de sentirse cómoda con su cuerpo, sensual y libre la llevó a decidir ser retratada en dos habitaciones con ambientes cálidos y mucha luz natural de por medio. También habría tres tomas sobre fondos blancos con su larga figura y espectaculares ojos como protagonista. Como dato, hace Muay Thai, supongo de ahí proviene el espectacular cuerpo que posee. Se presentó a la sesión con un par de amigos, una chica que le apoyó en todo momento y un chico que la maquilló y peinó súper lindo y que, además, set tras set modificaba el look en unos cuantos minutos; quedé bien contento con su onda tan profesional.

Esta fue la primera ocasión para Aurora modelando y entregando el alma. Comenzamos el shooting en una pared lisa, un maquillaje bastante ligero y natural, labios rosas, iluminador en los pómulos y el cabello tal ligero que parecía que flotaba. Lo único que Aurora vistió para esa fotografía inicial fue una larga tela de encaje que cubría su cuerpo desnudo de manera tan elegante que, junto a esas perfectas curvas y unas manos tremendamente estéticas, me recordaron inmediatamente a una inalcanzable diosa griega. Mis ojos brillaban y no podía estar más emocionado.

Tiempo de cubrebocas y de mirar las sonrisas a través de los ojos. Hay un término utilizado comúnmente en la foto de moda: smize (smile+eyes), sonreír con la mirada. Eso bastó para que mi piel bronceada se tornara roja cual tomate de oferta en plena central de abasto se tratase. Quedé envuelto por los ojos enormes de aquel maquillista. Esa mirada de tono marrón que brillaba como cielo de mediodía, un par de anteojos de pasta negra mate bastante en la onda hípster que permitían ver aún mejor las tupidas, negras y rizadas pestañas; combinando de manera sublime con las más perfectas y oscuras cejas llenas de virilidad, contrastando perfecto con un pequeño arete en la oreja derecha.

“¡Maldito cubrebocas rojo!” Necesitaba ver esos labios, los imaginé delgados y pequeños, con una sonrisa mágica que dejase ver los más alineados dientes. “¡Calma, Aníbal! Eres un profesional”, me dije. Y como tal continuamos la sesión, todo avanzó perfecto, cada uno realizó su trabajo.

En un instante mientras la modelo se cambiaba de outfit y el maquillista (que sí tiene nombre, se llama Carlos) bebía una taza de café, por fin pude ver eso con lo que estaba fantaseando. Se trataba un rostro atractivo, aun más bello que en mi ilusión. Labios anchos, delgado solo el superior, pues el de abajo era grueso, en un tono rosa, saturado de forma casi ideal. “¿Cómo es que las personas pueden ser tan perfectas?”, pensé. Esa barba hablaba de haber sido rasurada uno o días antes. “Es un poco más bajito que yo, pero qué importa… Es perfecto”, mi mente no paraba de hablarme.

Reuní cada uno de los tintes de valor entre mi cuerpo y, sin una gota de saliva que lubricase mi ya nerviosa y tartamuda voz, le pedí su cuenta de Instagram (el amor en los tiempos de las redes sociales) para etiquetarle en las imágenes de Aurora.

“Luego”, respondió sonriendo dejando ver su alineada y blanca dentadura. Esa fue su respuesta: “luego”. Me sentí pelota de beisbol siendo bateada en un jonrón fuera del estadio. Tremenda sutileza, ¡qué elegancia la de Francia! Tomé la taza de café y bebí lo más que pude en tiempo récord para hacer así menos incómodo el infeliz momento.

Así es la vida. A veces te maquilla y peina un estilista hermoso, te ayudan a elegir y probarte las ropas más bellas, logras las mejores siluetas y poses espectaculares, tienes todos los flashes y cámaras frente a ti… Otras solo quisieras que la mascarilla te cubriera no solo nariz y boca, sino la cara entera.

No pasa nada. Mi papá siempre me dice “el no ya lo tienes, ve por el sí” y yo confío bastante en Don Tomás.

Aníbal del Rey

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