Visita guiada

Llevaba un rato contemplando las volutas de vapor que salían de su taza de café recién molido. Disfrutaba del aroma de la bebida oscura, de los libros de viejo y admiraba el juego de luces y sombras que los petulantes rayos del sol dibujaban en las estanterías luego de colarse por las hendiduras de los ventanales. En sus manos tenía una primera edición de El diablo me obligó de F. G. Haghenbeck que encontró por pura fortuna mientras perdía el tiempo en la librería Los Argonautas. Había decidido entrar porque tenía tiempo de sobra antes de su reunión con Alejandro Mariano y necesitaba algo que lo reanimara después de una terrible noche de insomnio provocada por ruidos extraños en la calle y la sensación de que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Hacía calor. Miró el reloj en su muñeca, un viejo Tudor Black de los años cincuenta que había sido herencia de su abuelo, y descubrió que aun tenia quince minutos. Dejó su mesa, pagó el café y el libro y salió a la calle bulliciosa. Caminó unos pasos hasta el edifico de correos y lo miró desde la acera de enfrente, luego torció a la derecha sobre Zamora y enfiló hacia Realia. 

Hacía tiempo que no hablaba con Alejandro Mariano Pérez, Fundador y Director de Realia Instituto Universitario para la Cultura y las Artes. El hombre, que era uno de los intelectuales más representativos de Xalapa, cultivaba casi intencionalmente cierta fama de reservado y excéntrico. Se habían conocido hacía casi una década, cuando el joven Lucio Ferrer comenzaba una carrera en el periodismo cultural y Alejandro era ya una figura del arte y del servicio público: fue Director del IVEC, profesor de las más prestigiosas instituciones y, hasta la fecha, uno de los mejores dealers de arte del país. La de ellos fue una de esas amistades instantáneas. ¡Lucio, maldito truhán! Gritó Mariano cuando escuchó que el periodista se anunciaba en la entrada. Lo saludó levantando los brazos en un abrazo que no se realizó debido a las medidas de sana distancia. El otro devolvió el gesto tocando sus propios hombros y ofreciendo su puño para el ahora tradicional choque. Qué gusto, querido, le dijo con una desbordada sonrisa, me moría por ver la nueva galería. 

Se trataba de una visita especial que para Ferrer resultaba más placer que trabajo, aunque seguro podría escribir al respecto. Conocería la nueva galería Alejando Mariano Modern Art/Famouse Signatures y, claro, charlarían y se pondrían al día. Eres bienvenido siempre que tú quieras, dijo el anfitrión al tiempo que, con un ademán de la mano derecha, conminaba a su invitado a bajar las escaleras que conducían a la espléndida sala que ya albergaba una muestra de más de cuarenta cuadros de diversos tamaños y hechuras. Sonrió Ferrer para sus adentros y observó cautivado las obras: marcos estupendos, originales la mayoría de ellos, montados de manera exquisita en una museografía de primer mundo, con iluminación perfecta y una evidente obsesión por los detalles. Recorrió la muestra con la mirada, las manos en los bolsillos del pantalón, el cuerpo relajado, disfrutando de la pulcritud del espacio como goza quien se encuentra en la antesala del paraíso. 

De inmediato se descubrió maravillado, petrificado frente los dos Tamayo que abren el recorrido. Rufino es el artista más importante del siglo XX mexicano, le dijo Alejandro al notar su estupor, porque traduce toda la cosmogonía mesoamericana, como el jaguar, a términos de una composición universal, lo lleva a la composición europea que ese momento estaba en apogeo. Sin prensarlo Ferrer se perdió en el infinito tiempo, en el eterno femenino, en lo lúdico de los pechos y la genitalidad; en lo humano de sus trazos, en el color abigarrado, intenso, extraído de la piedra prehispánica, grises, amarillos, verdes, en lo mexicano hecho pintura. 

Continuaron caminando por entre los cuadros, con Ferrer tomando nota mental de todos los nombres que integran la exposición. Muy pocas galerías en el estado o ninguna otra, concluyó, pueden mostrar en la misma colección a Robert Rauschenberg, Carrington, Picasso, Dalí, Miró, García Ponce, Chagall, y a un Diego Rivera de 1943 que, por mucho, es el más grande orgullo de la colección. En medio de un éxtasis estético, casi por instinto, animado por la confianza que existía entre ellos, Lucio Ferrer lanzó una pregunta que, en cualquier otro caso, tratándose de cualquier otra persona, podría haber resultado imprudente: ¿Cómo demonios se te ocurrió abrir una galería así en este momento? El periodista se refería a la pandemia, a la época preelectoral y, en general, a la situación económica que atraviesa el estado. No fue necesaria una explicación, su interlocutor comprendió de inmediato y respondió ufano, feliz con la dirección que tomaba la conversación. Yo creo que la pandemia mucho tuvo que ver, dijo deteniéndose frente a Los novios de la Torre Eiffel de Chagall,  creo que respondo a la idea de que es uno finito, a la idea de que uno se va a ir en cualquier momento. Es esa necesidad de comunicarme con mi comunidad, con Xalapa, decirle que esto es lo que soy y esto es lo que colecciono y así es como concibo el mundo; sentenció lleno de un irreprochable orgullo. A veces la gente no imagina que en Xalapa podemos tener una muestra de este tamaño y con estos nombres, continuó Ferrer que disfrutaba del ambiente lleno matices infinitos. Tienes razón, repuso Mariano, pareciera que hay que esperar a que las traiga la función publica y ahora no es la mejor temporada en cuestión presupuestal, creo que el hecho de que haya una exposición como esta en la ciudad, colgada de manera permanente, ayuda mucho a la gente; nos da mucho placer decir que esta es una galería gratuita y abierta a todo público. 

Cuéntame sobre el nombre de la galería, se interesó Ferrer, dando lentos los pasos, como intentando alargar el recorrido. Fíjate que lo padre de la compra y venta de arte gráfico es aprenderte las reglas del juego, continuó Alejandro como un maestro que responde a la duda de un estudiante. No toda la gráfica tiene el mismo precio, no toda tiene precios exhorbitantes. ¿Cuándo es más alto? Cuando la pieza está tratada directamente por la mano del autor y, ademas, está firmada por él, a lápiz o en tinta. Por ejemplo, dijo señalando unos cuadros al fondo, tenemos varios Picasso firmados a lápiz por él, o un Chucho Reyes Ferreira que, además, es una hermosa pintura sobre papel china. El segundo nivel de precio lo encontramos cuando las piezas están firmadas en la plancha, eso significa que el autor hizo una serie, por ejemplo 300 piezas, pero hizo una sola firma para las 300, eso lo hace más accesible al público. El tercer rango es cuando no está firmada en plancha pero es una edición especial, por ejemplo de un museo o de los herederos del artista; la pieza también es seriada, está catalogada y certificada por el sello seco del museo y la firma en marca de agua del autor. Entonces, como ves, lo importante son las firmas que la galería exhibe y nosotros mostramos lo más relevante del arte moderno, de entre 1920 y 1980. 

Alejandro Mariano sonreía amable cuando hubieron terminado el paseo por la muestra. La inauguración es el 8 de abril para un público muy reducido, dijo para finalizar, pero estará abierto de lunes a sábado para cualquiera que quiera pasar a verla y, para visitas guiadas, los lunes y miércoles a la una de la tarde. Hay que llamar para apartar lugar, supongo, dijo el periodista mientras echaba un último vistazo al Tamayo que tanto lo había sobrecogido. Así es, respondió Mariano mostrando la que sabía Ferrer era la mejor de sus sonrisas, pero para ti, Lucio, grandísimo truhán, las visitas guiadas están disponibles cualquier día, incluso antes de la inauguración. 

Daviel Reyes

Fotos: Cortesía Alejandro Mariano

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