Chiquitita, tan grande como su amor por la cocina

Por Daviel Reyes

Hablar de hamburguesas y alitas de pollo en esta ciudad es parecido a hablar de arte; y es que en Xalapa ambos tópicos se dan muy bien. Como xalapeño, debo decir, me encanta ser exigente con el arte que aprecio y con los sabores que pruebo porque, seamos honestos, ésas son las dos mejores formas de alimentar el espíritu. Y si ha habido un momento en el que necesitamos con urgencia saciar nuestras almas, es este agonizante 2020. Con los fríos bien entrados, con la pandemia golpeando durísimo el ánimo y con las navidades encima, pensé que ya nada podría sorprenderme. Qué bueno que me equivoqué.

Chiquitita Burgers & Wings es, en pocas palabras, un verdadero espectáculo. Ubicado en Justino Sarmiento #40, esquina con Pablo Casals, el pequeño local con una ambientación urbana-industrial está destinado a ser el nuevo reducto de los glotones exigentes como yo. Y es que la cosa está muy clara: venden hamburguesas y alitas. Venden las mejores hamburguesas y alitas de la ciudad.

Llegamos a eso de las 7:30, el lugar estaba lleno y nos sentamos en la única mesa disponible. Hacía frío, estábamos cansados y, sobre todo, teníamos hambre. Ale Mota pidió una orden de diez alitas: cinco parmesanas y cinco de chipotle-tamarindo; elegidas de una carta ordenada y muy bien diseñada, con una escala de picor que va desde el tamarindo, que no pica, hasta la salsa de piña-habanero, la más picante de la casa. Héctor y yo, más entrones, ordenamos la descomunal Guacamole Cheese. Cerveza helada para los tres.

La comida, hay que decirlo, no tardó nada. Eso, sumando al estupendo servicio de Gaby Bonilla, que nos atendió como reyes, hizo nuestra experiencia en Chiquitita en un deleite gastronómico que apenas estaba por comenzar. Las alitas fueron las primeras en ser servidas. Llegaron formaditas todas, calientes, humeantes, seductoras. Diez piezas de pollo de la mejor calidad, escogidas esa misma mañana por Gaby, seleccionadas con el tamaño correcto, limpias y sazonadas a la perfección. Al comerlas, una explosión de sabores inunda tu paladar. Las de tamarindo-chipotle, por ejemplo, poseen el balance perfecto, acarician cada papila gustativa y luego la estimulan hasta llegar al clímax culinario. Las parmesanas no se quedan atrás, jugosas y lozanas, maridan perfectamente con una cerveza lager y son la armonía perfecta de sabor.

La conversación fluía casi tanto como los deliciosos aromas que retan al gusto del comensal cuando las hamburguesas llegaron a la mesa desvergonzadas, imponentes, presumiendo la enorme cantidad de carne, tocino, guacamole y queso que las conforma. Su sola presencia convierte a Chiquitita un paraíso carnívoro sensual y onírico. Los 160 gramos de carne, cocinada a término perfecto, rallan en la lujuria gastronómica. El excelente pan brioche, siempre del día, aprisiona a una carne de primerísima calidad acompañada, embellecida, con cebolla caramelizada, una costra de queso Oaxaca, queso Gouda y mucho, muchísimo, guacamole. Se trata de una hamburguesa orgullosa de su sencillez y su exquisito e inigualable sabor.

El reto fue grande, porque decir que la hamburguesa es enorme es restarle mérito. Aún así, las liquidamos. Nuestra hambre, brutal al inicio, estaba más que saciada. Nuestros paladares, provocados y enardecidos por tantas exquisiteces pedían tregua pero, como en toda buena historia, faltaba el gran final.

Algunos lo llamarán gula, yo lo llamo entusiasmo sibarita, pero no pudimos contener las ganas de probar las temidas alas de piña-habanero; reservadas solo para aquellos cáusticos asiduos del picante. Perdérnoslas habría sido un pecado mortal. Ordenamos solo cinco, para no abusar de nuestra buena fortuna. Poesía hecha salsa, que pica pero no respinga, que es profunda, llena de matices y que agasaja al paladar; esa es la única forma de describirlas.

Chiquitita es el sueño de tres jóvenes socios que, a pesar de la pandemia, decidieron emprender un negocio. Gabriela Bonilla, Alfredo Mendoza y David Noriega habían soñado con crear un restaurante donde la gente pudiera compartir con ellos ese amor por la cocina, por los buenos ratos y, sobre todo, por la amistad. Lo intentaron por tres años, con un pequeño asador afuera de la casa de Alfredo y vendiendo hamburguesas a los vecinos. Luego experimentaron sabores, olores y mezclas con sus amigos como conejillos de indias. Ahorraron dinero, se prepararon, enfrentaron sus miedos y se lanzaron al ruedo. Hoy, el resultado es un lugar único en Xalapa. Visitarlos fue, ademas de delicioso, muy grato pues demuestran con hechos que el viejo George Bernard Shaw tenía razón cuando decía que no hay amor más sincero que el amor a la cocina.

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