Por eso los esperamos

PRIMERA PARTE

“La espera es un encantamiento, recibí la orden de no moverme.”

Roland Barthes

Aztecas, mayas, purépechas, nahuas y totonacas; xalapeños, chilangos, jarochos y norteños; todos los mexicanos nos disponemos a esperar a nuestros muertos. Nos abismamos en la espera cotidiana. El solitario mexicano –como nos llama Octavio Paz– celebra la dilatación, la demora; encumbramos un altar, una ofrenda para aquellos que esperamos.

Los que se han ido nos prometieron regresar cada año, pedir permiso a Mictlantecuhtli para darse una vuelta por sus viejas casas, por esas calles adoquinadas del centro. Vienen a ver cómo estamos, cuánto hemos crecido –o envejecido–, cuánto los extrañamos.

¡Hoy vienen nuestros muertos; hay que limpiar todo, tenemos visitas! Estamos de buen humor, celebramos; sacamos la foto vieja –esa de cuando el abuelo era joven y guapo– los cigarros, el aguardiente y las veladoras. Buscamos el mejor mantel, flores frescas y el escaparate más relevante de la casa. Los esperamos todo el año, liados a la promesa de que volverían con buenas nuevas. ¡Por fin han llegado!, a decirnos que no pasa nada, que morirse no es lo peor del mundo –es peor vivir con hambre en este país–. Vienen a jugar un rato, a ver cómo le va a las Chivas. A dictar sentencia de nuestros malos hábitos. A explicarnos que la vida se prolonga en la muerte, que el espacio y el tiempo son lo mismo, o sea nada. A recordarnos que en nuestro México la muerte carece de significado si no la celebramos.

Es por eso que aguardamos, que paralizamos el país para rendirles homenaje. Queremos conversar con ellos, aprender lo que hay en ese camino que se aventuraron a recorrer sin nosotros. Ansiamos preguntarles por Diego, por Frida, por Chavela y por Pedrito. Saber qué opinan de los quince años de la ahijada, si nos dan permiso de remodelar la casa y pedirles que nos echen la mano en la chamba porque la cosa cada vez está más canija. Los esperamos y los celebramos para no sentirnos tan solos en un país al que se lo está llevando la chingada, la calaca, la huesuda, la catrina, la ignorancia.

El viejo Paz afirmó que nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Qué celebración más rica es el día de muertos, en ella nuestra penuria –no necesariamente económica– es mitigada por la fragancia del cempaxúchitl, por el sabor del pan y de los tamales; es el único día que comemos hasta reventar, pues comemos con  nuestros muertos. Es un día en el que vivir y morir se vuelven la misma cosa. Es, a fin de cuentas, el único día del año en el que dejamos de esperar.

Texto: Daviel Reyes

Fotos: Ricardo Muñoz

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