Por eso los esperamos

SEGUNDA PARTE

Todo rito, dice Mircea Eliade, es un proceso por el cual accedemos al tiempo sagrado. Es un ejercicio de la memoria, es recordar. Por eso el altar de muertos se monta respondiendo a la memoria; no hay reglas fijas, pero sí significados que no se pueden alterar.

Antes de la llegada de los españoles, los indígenas mexicanos construían tzompantlis como muestra de respeto y honor a aquellos que habían sido sacrificados a los dioses. Muerte que, por cierto, era un verdadero privilegio. Dicho altar se edificaba apilando los cráneos de los sacrificados. Para el azteca, y para el mexicano de hoy,  la muerte no es más que la celebración de la vida. Y al levantar un altar sentimos cerca de aquellos a quienes extrañamos.

Hoy, aunque las cosas han cambiado, seguimos construyendo puntos de encuentro entre los muertos y nosotros. El altar debe estar, como todo espacio sagrado, en el centro de la vivienda, en el punto más relevante. Se elige la mesa más sólida, pues lo que carga no son simples objetos del mundo sensible sino hierofanías donde reside el poder de lo sagrado. El mantel debe ser blanco, símbolo de la pureza de la plaza que hemos preparado para ellos y, sobre todo, de la alegría que sentimos por su visita.

El altar se estructura en tres niveles, representando los tres planos del universo azteca: El suelo simboliza el Mictlán, o inframundo, morada de Mictlantecuhtli, señor del lugar de los muertos; en muchas casas se coloca un camino hecho de pétalos de flor de cempaxúchitl, que guiará al fallecido del inframundo al mundo de los vivos. La mesa representa la tierra, el espacio que los vivos habitamos; en ella se coloca un vaso con agua fresca, pues los difuntos querrán saciar su sed al llegar; también habrá veladoras, casi siempre a los costados, ellas guían y alumbran a las ánimas en su visita. Sobre el mantel se colocarán los platillos que más le gustaban a nuestros muertos, puede ser mole, algo de carne, platos típicos de la región, frutas; pan de muerto, que simboliza nuestra fraternidad con aquellos que ya no están; y los indispensables tamales. –Se dice que, en el inicio, Chicomexóchitl fue devorado por su abuela Tzitzimitl, quien cocinó por primera vez los tamales con el cuerpo desmembrado de su nieto, preparando veinte pequeños envueltos con su carne aderezados con chile seco y pepitas. Puso los tamales en una olla de barro al rojo vivo pero, como era de esperarse, estos comenzaron a quemarse; para apagarlos, Tzitzimitl vertió agua dentro de la olla, allí comenzó a hervir y así, de paso, descubrió la técnica de cocinar al hervor. Una vez que su banquete terminó, la abuela enterró los restos óseos de su nieto en algún rincón de la casa. De la sepultura brotó la primera planta de maíz. Así pues, gracias al sacrificio de Chicomexóchitl, hoy los mexicanos tenemos el alimento diario– En el altar tampoco puede faltar tequila, aguardiente de caña y cigarros. Habrá algo de sal, para purificar el espacio; dulce de calabaza, animales de jamoncillo ­–sobre todo el perrito itzcuintli, quien ayuda a los muertos a atravesar el Mictlán– y calaveritas de chocolate o azúcar, clara referencia a los antiguos tzompantlis. Estos dos últimos alimentos también simbolizan la convivencia temporal entre vivos y muertos. Además deberán disponerse fotos de cuando aquellos que nos visitan todavía vivían, eso les dirá que los recordamos, que aún pensamos en ellos y sabemos cómo eran. Siempre debemos incluir incienso y copal para aromatizar el lugar. Por último está el cielo, representado en el altar por un arco hecho de flor de cempaxúchitl y papel picado, el papel simboliza el viento y el cempaxúchitl el sol. Al centro del arco se coloca una cruz, elemento de la religión católica que, desde luego, representa a Dios; observando complacido y amoroso la reunión anual.

Una vez que los visitantes se hayan ido, la comida deberá desecharse pues esta ya no tiene sabor, ellos se han nutrido con su esencia y han dejado meros cascarones sin ningún valor. Nada se come nunca, sería como comer papel o madera.

Así esperamos a nuestros muertos, entre colores y aromas, entre recuerdos de un pasado que nos fue arrebatado y que nos negamos a olvidar. El mexicano espera a sus muertos como espera aliviar su realidad, siempre con fiesta, licencias y un poco de mórbido humor. Sabemos que al recordarlos nos encontraremos a nosotros mismos, pues sí, –como dice Paz– somos un pueblo ritual. Así, entre el derroche visual y el espectáculo para los sentidos, ejercemos la memoria de nuestro pasado, no como relación con el presente, sino como alivio momentáneo de nuestra realidad. La tortuosa cotidianidad se pausa por unos días, el aire adquiere una densidad peculiar, enriquecida por el olor a tradición azteca. Los mexicanos nos reímos de nuestra pobreza y de nuestra muerte, palabras que en este país casi son sinónimos. Nos reímos porque sabemos que aquí nunca ocurre nada, que peores cosas nos han pasado. Total, como dice el Subcomandante Marcos: “nos despedimos desde que llegamos”.

Texto: Daviel Reyes

Fotos: Ricardo Muñoz

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