GUARACHERO

I

Como cada diecinueve de julio, el crepúsculo xiqueño se tornaba negro y amenazaba con tormenta. No sé por qué cada año ocurre lo mismo: el día de la alfombra, uno de los más importantes en la festividad de María Magdalena, la lluvia del ocaso se lleva en minutos el trabajo de todo el día. Es como una prueba de fe para el pueblo que, inexorable, reconstruye en pocas horas el tapete de aserrín de maravillosas figuras multicolor. Siempre terminan a tiempo. Siempre. Es una ofrenda de humildad, de devoción y de talento. Engalanan la calle Hidalgo para que, a eso de las nueve de la noche, ya pasado el aguacero, su señora salga a recorrer las calzadas en una de las andanzas religiosas más hermosas de nuestro país. Pero esta tarde de domingo, salvo por la lluvia, que ya caía despiadada sobre los tejados, todo era diferente. Todo era silencio. Todo era gris. La pandemia golpeó al pueblo de las montañas donde más le duele: el diez de julio pasado la alcaldesa Gloria Luz Galván Orduña anunció la cancelación oficial, por primera vez en toda su historia, de la fiesta de origen prehispánico. 

Yo, que tengo sangre xiqueña y que, por ende, soy necio de herencia; decidí darme una vuelta por el centro de Xico para ser testigo de cómo llevaban los paisanos esa fatídica tarde. No había color, ni fiesta, ni fervor. La gente, se notaba en sus rostros, no sabía cómo hacerse a la idea. En el parque, clausurado y custodiado por elementos de la Policía Estatal, se respiraba un dejo de tristeza, de abandono. La parroquia contemplaba impávida su atrio solitario. Caminé cuesta arriba sobre Vicente Guerrero hasta la capilla de Cristo Rey. Esperaba encontrar, como siempre, a los mayordomos del arco afanados, apresurados, dando los últimos toques a la colosal ofrenda de más de dos toneladas que cada año se consagra a la patrona del pueblo. No había más que melancolía. Algunos papalotes franqueaban el cielo gris, purpúreo, sombrío, y dos niños al pie del templo los contemplaban con asombro. Un par de pubertos, de no más de quince años, se abrazaban en las escaleras como si no hubiera mañana. Sosiego, nada más que mutismo en el ambiente. La lluvia arreciaba.

Abandoné resignado la escalinata, renegando de la realidad de la contingencia y cabreado por una inconveniente ley seca impuesta sobre el municipio desde el dieciocho de este mes y que durará hasta el día veintidós. Ni cerveza, ni mora, ni fiesta, ni toros, ni tradición. Derrotado me disponía a regresar a Xalapa cuando volví la mirada a la derecha. A un costado de la capilla, en un pequeño local alumbrado por una vieja bombilla de luz amarilla vi la sombra de un sombrero proyectada sobre una pared al fondo. Al agudizar la mirada divisé una pequeña figura, delgada, ligeramente encorvada, concentrada apoyando los codos sobre una mesa de trabajo. La escena, la luz y el olor a piel curtida, me hipnotizaron. Me aventuré a entrar al pequeño taller de dos por dos metros y saludé con el mejor buenas tardes que pude. 

Fue así como conocí al guarachero.

II

Don Miguel Ángel Mapel tiene setenta y ocho años y lleva sesenta y ocho trabajando la piel. Es originario de una pequeña comunidad al pie de la sierra de Xico y desde hace más tiempo del que conviene recordar tiene un pequeño taller al costado de la capilla de Cristo Rey. Buenas tardes, dije al más puro estilo xiqueño mientras cruzaba el umbral, procurando no golpearme la cabeza con la baja cortina. Buenas, respondió, amable pero sin alzar la vista, un hombre vestido con la seriedad de quien ama su trabajo: camisa rosa, de cuadros delicados, pantalón gris y sombrero negro, desgastado por los años; un delantal negro también, de piel, mostraba los agujeros de batallas anteriores pero seguía cubriendo, imbatible, su pecho. ¿Y ahora por qué no hubo arco, don? Pregunté fingiendo demencia. Lo suspendió el municipio, cabrones, refunfuñó, es por el mal que hay, por el Covid. Se acomodó su sombrero, limpió el sudor de su frente y me observó por primera vez. Mirada profunda, ojos color gris, muy cansados. Suspendieron toda la fiesta de Santa María Magdalena, cerraron negocios, quitaron a los vendedores y no dejaron hacer nada. Parecía compartir mi recelo contra las medidas reactivas de los ayuntamientos de la región; me sentí en confianza. Ya ni la muelan, concurrí mientras contemplaba sus hábiles manos que cocían un pequeño recuadro de piel café. A mí me vinieron a cerrar, continuó con familiaridad, como si cerrándome fueran a quitar el mal. Yo ni clientes tengo, una o dos personas vienen a hacerme encargos, ¿por qué tengo que cerrar? Y no les hizo caso, le dije en tono de complicidad. Pues no, ¿de qué voy a comer? Esto es lo único que sé hacer, si no trabajo no como. Yo admiraba su pequeño local repleto de calzado tradicional de piel: huaraches, de res todos ellos, de diversos tamaños; blancos, negros, marrones y hasta rojos. Parecía una ventana al siglo pasado.

Don Miguel Ángel suspiró y volvió a su trabajo. Aprendí desde que tenía diez años, me dijo con voz obstruida sin retirar la vista de su mesa, y desde entonces he dedicado mi vida a trabajar la piel. Gracias a esto le di comida y carrera a mis dos hijos. Ellos ya no quisieron aprenderlo, ni mis nietos, así que nomás quedo yo. Tampoco quedan mis compañeros, todos se han ido muriendo, ya no queda ninguno más que yo. ¿Es usted el único talabartero que hay en Xico? Lo cuestioné bastante impresionado por el dato, es cierto, me encontraba frente a una profesión en extinción. Pues yo no soy talabartero, respondió tocando con el dedo índice el ala de su sombrero, yo hago todo lo que el talabartero pero no soy talabartero: trabajo el cuero, tiño, coso, corto, curto; ahorita ya no tanto porque ya me canso, pero unos años todavía curtía. Imagínate, continuó ahogando un recuerdo, un rollo de piel pesa cuarenta o cincuenta kilos, y mojado pesa otros veinte, ya no me lo aguanto; pero te puedo hacer cualquier cosa que me pidas en piel, lo que sea, ahorita, por ejemplo, estoy haciendo una funda para celular, esas las doy en cincuenta pesos y son lo que más me van pidiendo.

Se quedó mirando el pequeño cuadrito de piel que tenía entre sus dedos gruesos y chuecos. Entonces, Don Miguel, si no es talabartero ¿qué es? ¡Pues soy guarachero! Arrojó una sonrisa llena de vida y señaló todas las sandalias de las paredes. ¡Y soy el mejor guarachero de Xico! Ambos reímos esta vez, mientras yo me percataba de que el universo de Don Miguel Ángel estaba sujeto a las paredes de su taller. El guarache es el mejor zapato, aseguró, es cómodo, ligero, y estos duran toda la vida; lo malo es que ya nadie los compra, su voz se tornaba triste, ahora todo el mundo quiere tenis, o choclos, o lo que sea, pero ya nadie quiere usar guarache. ¿Y cuánto cuestan? No pude contener mi curiosidad. Los grandes ciento cincuenta, la sonrisa no se borraba de su cara pero la voz se le quebró, y los chiquitos pues depende del tamaño. Cogió un par de color blanco, los miró y guardó silencio.

III

¿Oiga y si me hace una funda para mi teléfono? Claro, ¿lo traes para medirlo? Saqué el aparato y se lo entregué. En un pedazo de cartón trazó el contorno del celular para tomar la medida. Me lo devolvió y meditó un instante. Vente el jueves, porque tengo varios encargos, pero el jueves te lo tengo. 

La lluvia había parado y la noche caía. Pues lo veo el jueves, dije sellando el compromiso. Don Miguel Ángel se disponía a cerrar. Sale pues, respondió con la típica cordialidad xiqueña e ignorando las medidas sanitarias del momento me extendió su mano recia y cansada. Yo no tuve escrúpulos para rechazarlo y respondí al cálido aprentón del mejor guarachero de Xico

Historia y fotos: Daviel Reyes

Comentarios

  1. Pues muy bien e interesante y es si un lástima que valoremos muy poco a ésas personas y no hagamos consumo de sus productos
    Y te felicito por la crónica.

  2. Gran y noble oficio, gracias maestro por compartirnos esta emotiva historia, ojala muchos podamos acudir a comprar el producto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *