Algún día le pagaremos

«Mira hacia arriba, estoy en el cielo.
Tengo cicatrices, que no pueden ser vistas»
David Bowie en Lazarus, canción de
su último disco, Blackstar


Hace tiempo que no nos leíamos, estimado lector. El Cocodrilo astronauta se tomó
unas vacaciones –no sé si merecidas pero sí necesarias– y esta es la primera
columna del año. Es una lástima que nos rencontremos para hablar de un tema
tan triste como el que nos abordó a inicios de esta semana: la muerte de David
Bowie. El camaleón falleció tras una agonizante lucha contra el cáncer, y apenas
tres días después de lanzar su último disco,
Murió uno de los músicos más importantes de su generación, sin duda uno de los
más libres. Para mi humilde opinión, Bowie puede ser descrito en una sola
palabra: innovación. No sólo en la música, su influencia también puede rastrearse
en el cine, en el teatro –sobre todo en el musical–, en la moda y en la sexualidad.
Era un hombre que no temía aceptar frente a la prensa que estaba drogado,
incluso hacía declaraciones así; en la biografía de Freddie Mercury se menciona
que la bellísima canción Under Pressure fue resultado de una parranda de 24
horas entre Mercury y Bowie. Nunca se negó a los excesos, experimentó la
bisexualidad. Participó en una pelea que le dejó la pupila permanentemente
dilatada –lo que le dio ese peculiar aspecto de heterocromía–. Tenía un alter ego,
cambiaba su apariencia a placer. Rechazó el nombramiento de Caballero que le
ofreció la corona británica. Un personaje único, único.
Un crítico permanente de la prensa parsimoniosa, del artista pasivo, del
compositor subsecuente a los acordes y las notas. Cinéfilo y melómano, lector
compulsivo, curioso y obsesivo de nacimiento. Loco.
La verdad es que me gusta más –a lo mejor por cuestiones generacionales o de
crianza– la música de Mick Jagger, o figuras más oscuras como Leonard Cohen,
me es imposible no apreciar y admirar la capacidad musical y artística, en toda la
extensión de la palabra, que Bowie mostró. Fue actor –de cine y de teatro–
productor, compositor de la música de películas y teatro musical exitosísimo.
Era un artista electrizante, vibrante, que nunca se estancó; esa búsqueda
permanente de experimentación lo llevó a convivir con muchos géneros musicales,
desde el rock, el glam y el blues hasta el casi pésimo disco y el pop –lo peor de su
carrera, dicen los que saben–. Era un hombre que reencarnaba, que mutaba, era
un camaleón.
Gracias a Bowie, hoy existen artistas como Madonna, Prince, Lady Gaga; el
ecleptisismo de Bunbury, el conciertoshow, el diseñador de vestuario, el artista
multifacético. La música hoy en día le debe mucho, ojalá algún día pueda pagarle.

Daviel Reyes

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