Relato del vacío cultural de los últimos días (primera parte)

En este bar siempre es posible encontrar, bebiendo, al director de algún instituto o galería cultural, o a alguno de los jóvenes literatos promesa de la universidad; nunca falta el trovador, el burócrata, la femme fatale y, desde luego, muchos exhaustos periodistas. Todos ellos buscan disipar las penas del día con una cerveza o un mojito hecho con caña, o un tequila; el whisky está destinado exclusivamente para los funcionarios a quienes no les duele pagar cincuenta y cinco o sesenta pesos por una copa. Tras la barra de madera destrozada por los años y las charlas de los intelectuales borrachos, unas cuantas botellas de licor bueno, medio llenas o medio vacías, aguardan expectantes, polvorientas. El amarillo deslavado de las cuatro paredes del pequeño bar; que es básicamente un largo pasillo con un par de tazas de baño al fondo, protegidas por una vieja cortina roja que no acobarda a ninguna de las valientes amazonas que frecuentan el lugar, guerreras todas ellas de las letras, el arte, la plástica y hasta la moda; vibra y se descaraba al compás de Una aventura, de Grupo Niche. La luz tenue, cálida, deja entrever algunas siluetas en las fotos viejas, blanco y negro de los muros; lo mejor de la bohemia mexicana, los mejores compañeros de un caballero de la noche culturosa: Pedro Infante comparte su botella de mezcal con Sara García, Tin Tan lucha contra el Santo en un duelo de baile, Lyn May te reta a no voltear a verla y la Virgen de Guadalupe luce más interesante con una bandera de las Chivas del Guadalajara a modo de manto sagrado. Aquí todos estamos a gusto, aquí todos somos iguales.

Élmer entró sediento, justo cuando comenzaba a sonar La cumbia de los pajaritos,  molesto se sentó en el extremo de la barra. Las dos inauguraciones de exposiciones que acababa de visitar en busca de inspiración para escribir habían sido sólo banales expresiones nepotistas; sonrisas comprometidas, vino barato servido en copas estrepitosas, sostenidas por la misma gente de siempre como si estuvieran tomando Mollydooker Shiraz. Obras malas, similares todas entre sí, parecidas a las de cualquier galería de cualquier otra ciudad. O ya no tiendo el arte o el arte ya no me entiende a mí, pensó mientras las recorría, cumplió con los protocolos sociales correspondientes, bebió un poco del vino barato servido como si fuera caro y se escabulló antes de comenzar a sentirse incómodo.

El cantinero, hombre de baja estatura, escuálido y calvo; que había advertido el mal humor del periodista, destapó una XX Lager y sin preguntar la puso frente él. Élmer agradeció con la mirada, esas miradas que lo expresan todo, que dicen Dios te bendiga. Al otro extremo de la barra, un grupo de universitarias vestidas en ropa ligera, atendiendo al calor de esos días en la ciudad, reían sonoramente, se hacían notar. El subconsciente reaccionó de inmediato pero Élmer lo ignoró. Continuó escaneando el bar.

En la mesa del fondo; poco iluminada, que brindaba una visión privilegiada de todo el lugar, de esas que a Élmer tanto le gustaban; se habían instalado dos sujetos de unos cuarenta años. Barbas crecidas, camisas remangadas, arrugadas, ambos conversaban sin prestar atención a los demás comensales. En la rocola comenzó a sonar Un ramito de violetas.

Los acordes de la Banda el mexicano distrajeron a Élmer, quien le dio la espalda a los dos sujetos desconocidos. Se perdió en sus pensamientos, en la música y en la cerveza. Cerró los ojos, ignoró los gritos y las risas de las colegialas que, fascinadas con tan poco, comenzaban a descubrir la vida bohemia y cultural de la ciudad; ignoró al subconsciente, los susurros, el crujir de las paredes. Buscó la respuesta a su bloqueo creativo, a la sequía de pensamientos coherentes, a su incapacidad para comunicar. ¿Dónde estaría Simoné en ese momento? Probablemente en un bar más elegante que ese. Tal vez la vería más tarde. ¿Sobre qué escribir? Tenía poco tiempo, tenía que publicar, le urgía. Mientras cavilaba una voz familiar irrumpió abruptamente en el mar de sus pensamientos. Abrió los ojos, volteó y su noche cambió de inmediato ante la presencia que descubrió.

(Continuará)

Daviel Reyes

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