El hombre que casi conoció a Nacho Vegas

Nacho Vegas es el hombre que casi conoció a Michi Panero. Yo podría decir que soy quien por poco conoce a Nacho Vegas en Cholula. Hasta pasó cerca de mí, a un metro, solo nos separaba la valla de esas que son usuales en los conciertos o en los mítines para que la chusma no se le acerque al artista o al político. Pero tengo fotos, no soy muy buenas pero sí tengo. Las tomé con una Sony AS100V, por eso no salieron tan bien; por eso y porque soy un pésimo fotógrafo.

Era uno de esos sitios en los que no esperas conocer a gente muy amable. Nos costó encontrarlo, caminamos bastante por calles que parecían atrapadas en el sigo pasado. Cuando llegamos ya había una pequeña fila esperando, no más de treinta personas buscaban sombra para protegerse de los últimos rayos del sol poblano que resultó más agresivo de lo que un jarocho podría anticipar. Por una de esas bellas coincidencias de la vida había un OXXO casi enfrente, compramos un 12 pack de cervezas oscuras y nos sentamos en el piso, la espera se anticipaba larga. Tlaxcaltecas, poblanos, chilangos, oaxaqueños y veracruzanos, vistiendo en negro casi todos, convivíamos mientras violábamos la moral del pueblo y consumíamos alcohol en la vía pública; ocultándolo en nuestras espaldas cada vez que una patrulla pasaba por la calle mirándonos como bichos raros, greñudos revoltosos, vagos, roqueros y un aspirante a periodista cultural.

Conocí –o casi conocí– a Nacho en un bar raro, oscuro pero amplio; negras sus pareces, cortinas, mamparas, todo. Con un escenario improvisado al fondo y la barra mal ubicada al otro extremo, lo que dificultó conseguir bebidas una vez que los asistentes –más de los que esperé– se aglomeraron alrededor del tablado. La luz de neón que iluminaba el espacio le daba un toque underground que pronto se afianzaría al compás de la música del asturiano.

La Resituación sonó y encendió el ánimo del público que ya estaba bastante borracho y viajado. La oscuridad se interrumpía por los destellos púrpura, magenta, amarillos y celestes que el humo del cigarro y otras sustancias delataba. Vegas subió al escenario, vaso en una mano y una botella de Jack  Daniels en la otra, con un insipiente buenas noches y comenzó a tocar. Nos llevó a Gijón, a Madrid, a Moncloa. El verano fatal había comenzado y por fin entendí por qué hay que tener miedo al zumbido de los mosquitos. Nos hizo extrañar a Dylan, a Cave, a Waits. Por ahí de la mitad del tiquín conversó con los mexicanos que, supongo que porque estábamos más borrachos, comenzamos a caerle mejor. Nos quieren en soledad, nos tendrán en común, mentadas de madre a Peña Nieto, todos éramos gatos contemplando el horror. La botella de Jack se había terminado, mágicamente apareció otra llena en el banquito que estaba junto al pedestal del micrófono. La vida manca es bonita a veces, sobre todo cuando hay whisky y buena música.

La noche acababa, lo sabía porque a Nacho y a mí ya no nos quedaba alcohol. Yo pedí otra cerveza, Vegas se despidió. A pesar de los ruegos de los asistentes el asturiano bajó del escenario, sus músicos lo siguieron. Yo me preparé, pasaría junto a mí, lo llamaría y estrecharía su mano; qué buen trabajo el tuyo, le diría, qué gran disco el de El tiempo de las cerezas, fue el mejor disco que ha hecho Bunbury. Mientras pensaba algún comentario inteligente pasó a mi lado, intenté tomarle una foto pero salió movida, ¿habrá sido por la escasa luz, por las muchas cervezas que ya tenía encima o por que soy un pésimo fotógrafo? Quién sabe. Lo importante es que esa noche casi conocí a Nacho Vegas.

Daviel Reyes

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