La China y el último reducto de las cantinas

#HistoriasdePandemia

I

Nadie tomó en serio la cuarentena en Xalapa, menos él, hasta que el 21 de marzo el alcalde Hipólito Rodríguez ordenó el cierre de bares, antros, cantinas y cervecerías en todo el municipio como medida para frenar los contagios de coronavirus. La capital del Estado de Veracruz, azotada por una ola de calor inusual, se había quedado sin refugios para borrachos, fiesteros y demás criaturas de la noche. 

Pasaban de las tres de la tarde cuando se preparó café para leer las noticias del día. Mientras disfrutaba del aroma que el perfecto tostado de su arábiga recién molido le ofrecía, revisó AVC Noticias que informaba de la decisión del edil xalapeño y hacía un recuento de los contagios confirmados en la ciudad, siete hasta el momento. Por su parte, Eureka Medios daba más detalles sobre el cierre de los bares y citaba las seis de la tarde como la hora fatídica. Era inevitable, todas las cantinas cerrarían por tiempo indefinido. Miró su reloj, cuarto para las cuatro. Qué mala suerte, gruñó.

II

El periodista llegó al Tequila, ubicado en el 1304 de la avenida Ruiz Cortines, cerca de las cinco de la tarde. Había decidido caminar desde su departamento en la calle Veracruz y el trayecto le tomó casi una hora. Eligió andar por Enriquez para echar un ojo al movimiento en Palacio de Gobierno y Palacio Municipal. Ambos muertos, muy poca gente. Debe ser por la cuarentena, reflexionó, o a lo mejor porque es sábado, o a lo mejor por el calor. Puto calor. Luego anduvo por Ávila Camacho y disfrutó el paseo; los grandes árboles le proporcionaban sombra y el verdor de las jardineras contrastaba con el gris asfixiante del asfalto, una corriente de aire fresco le resopló en el rostro y se sintió reconfortado. 

Al entrar al bar se sentó en la única mesa disponible. Observó al resto de los parroquianos que departían con entusiasmo y bebían como si todas las cantinas del mundo fueran a cerrar en una hora. El Juguito de piña sonaba estrepitoso en la rocola y la cantina olía a sudor, a perfume corriente mezclado con cerveza y a sal. ¿A qué huele la sal? Al fondo, en la parte más oscura, un hombre de unos cincuenta años dormía la mona; había dejado el cubetazo casi intacto y la cabeza le colgaba hacia adelante, su camisa abierta mostraba un abdomen inflamado, como si estuviera a punto de reventar y bañar a todos con sus vísceras de teporocho. A su lado dos jóvenes de no más de veinte años jugaban a fondos y vaciaban una botella tras otra. Junto, en la barra, tres damas en minifalda, sentadas en las piernas de tres caballeros en uniforme de futbol, brindaban con cervezas de cuartito. En la mesa de enfrente, iluminada por una tenue luz morada, una chica de piel blanca, cabello teñido de rubio y ojos desorbitados, esquivaba los besos forzados de un hombre anciano. También estaba sentada en las piernas de su cliente pero ésta no parecía disfrutarlo, no reía, no bebía con entusiasmo. El viejo tenia la mano derecha dentro de la blusa de la mujer y sostenía una botella de Indio en la izquierda. Por un momento la mirada del periodista  se cruzó furtivamente con la de la falsa rubia, ella lo contempló como pidiendo ayuda. Lo siento, amiga, pensó él, yo nada puedo hacer; como diría Faulkner, la vida es parte buscar placer y parte hallar dolor ¿o fue Nacho Vegas?

Tarareaba La pena o la nada cuando la mesera se acercó. Joven, de piel clara atezada por años de sol directo, con unos ojos verdes que impresionaban y cabello negrísimo rizado y rebelde, muy alta, con los kilos de más que el consumo excesivo de cerveza siempre provoca. Vestía una falda de lentejuelas amarillentas muy corta y una blusa blanca sucia y excesivamente entallada, que no alcanzaba a cubrirle todo el brasier color azul eléctrico. ¿Qué te sirvo? Preguntó. Había un dejo de altivez en su tono de voz. Ponme un cubetazo de Lager por favor, chula. No le gustaba la Lager pero definitivamente la prefería sobre la Indio; es lo único malo del Tequila, que no venden Corona. Ya no te puedo servir cubetazo porque cerramos en media hora, replicó ella mientras jugaba con un rizo de su alborotado cabello. Ándale, me lo tomó rápido. La miró y le ofreció la mejor de sus sonrisas. Ella lo examinó un instante. Bueno, pero de ahí me invitas una, dijo moviendo sutilmente la cadera sin soltar el chino de su cabello. Juega, respondió él sin dejar de sonreír. 

El periodista, ágil de mente, se concentró en los ojos aceitunados de la camarera e hizo cálculos importantes: el cubetazo cuesta ciento veinte pesos, la ficha de la dama cincuenta, son seis cervezas menos una que se toma ella, es un buen trato. Como en un juego de poder, como probando de qué estaba hecho cada uno, ambos sostuvieron la mirada. El primero sonreía, la otra arqueaba las cejas. Fue él quien estuvo dispuesto a perder, abandonó los ojos esmeralda de la muchacha y recorrió su cuerpo con descaro. Labios delgados pintados de carmesí, cuello tenue con un lunar pequeño y lizo del lado izquierdo. Hizo una pausa en la línea de los senos, el brasier cobalto era claramente una talla más chico y sufría para contenerlos. Miró sus brazos alargados, su vientre profuso. Ha subido de peso recientemente, es novata, seis meses como máximo en el oficio, dedujo. Trató de ignorar las lentejuelas y se concentró en las piernas prolongadas, preciosas, rematadas por unos pies largos y delgados, con uñas a medio pintar, enfundados en zapatillas negras de gamuza abiertas y de tacón delicado, al parecer la única prenda con buen gusto en la mujer de voz altiva. Los vio girar y alejarse. Alzó la vista y disfrutó descubrirla recorriendo el bar, su cabello chino se esponjaba y revoloteaba sobre sus hombros finos; pasó frente a la rocola, que ahora tocaba La pruebita de los Junior Klan, cruzó a la barra y abrió el refrigerador.

Cuando la joven fichera regresó colocó sobre la mesa una cubeta con seis cervezas, un salero, un plato viejo y chamuscado con limones secos y uno más con cacahuates; miró al periodista y extendió una mano solicitando el pago. Él sacó dos billetes y los entregó gustoso, pagaba como pagan los condenados. Ella se sentó a su lado y se recogió el cabello en una especie de chongo deforme, olía a perfume Tommy Girl y a sudor. Cruzó la pierna, los dedos de sus pies brillaban en tonos violáceos, él gozó como un sentenciado a muerte goza su última comida. La mujer de ojos verdosos destapó dos botellas, brindaron y bebieron. El sabor amargo del liquido recorrió su garganta, la sensación helada le recordó que la vida a veces es buena. Puta vida. ¿A que te dedicas? Preguntó ella luego de un boyante trago. Soy periodista. La joven reflexionó un instante, como evaluándolo. ¿O sea que eres un chismoso? Yo diría que soy profundamente curioso, respondió él sin ofenderse por la afirmación. Para mí que eres un mentiroso profesional, los periodistas dicen muchas mentiras, ¿no? Algunos, pero yo no soy de esos. ¿De cuáles eres tú? Soy periodista cultural. La chica lo miró sin bajar su cerveza, con extrañeza, como si escuchara esa palabra por primera vez.  Él soltó una carcajada. Varias parejas bailaban Macumba de La Sonora Dinamita entre las mesas. ¿Cómo te llamas?, la cuestionó él mirando directo a sus ojos felinos.  María Concepción, pero aquí todos me dicen la China. La arrogancia no desaparecía pero ahora era acompañada de cierta coquetería, de cierto interés probablemente fingido. ¿Y por qué cierran tan temprano?, dijo haciéndose el que no sabe. Pues hace rato vinieron los de comercio y le dijeron a la dueña que había que cerrar seis en punto o clausuraban, así que apúrale. Volvieron a brindar, ella rozó su zapatilla contra la pantorrilla del periodista cultural y éste se estremeció. ¿Y cuándo vuelven a abrir? Quién sabe, hasta que acabe la cuarentena. Órale, qué chinga. Ya sé, todas nos estamos preguntando qué vamos a hacer; nos avisaron hace tres horas, eso es no tener madre, la chava de allá debe su renta, señaló con la boquilla de la botella a la falsa rubia que aún batallaba para contener los tentáculos de su decrépito acompañante; y yo tengo que pagar mi tanda hoy y mandarle dinero a mi hija para la escuela. Algo en su tono de voz cambió, era preocupación mezclada con coraje e impotencia. La rocola había acallado y un mozo comenzaba a levantar mesas y sillas. Aún quedaban dos cervezas en la cubeta. 

El periodista apuró la botella que tenía en mano y abrió otra. La China notó su inquietud y le tocó el muslo con familiaridad confianzuda. Tranquilo, dijo, tómatela con calma, no te estaba corriendo. Se recargó en el respaldo de la silla y jugueteó con el envase vacío de su cerveza, era rápida para beber, error de novata. Su cabello lucía presto, impetuoso, se alzaba sobre su cabeza como si tuviera vida propia y un ribete cárdeno la hacía lucir casi teatral, como una bailaora de flamenco. ¿Qué demonios hacia ella en una cantina pinche como ésa? Una de las mujeres de la barra se acercó tambaleando, la abrazó fraternal por la espalda y le susurró algo al oído. Allá te veo, contestó la China disimuladamente. El periodista sintió un pálpito, un impulso. Tal vez era algo en el lenguaje corporal de las damas, tal vez era su instinto profesional, o tal vez eran las cuatro cervezas que ya se había tomado. ¿La van a seguir?, preguntó tratando de no sonar demasiado interesado. Ambas mujeres se miraron, la China se aproximó a él extendiendo la reserva. ¿Ubicas el Texano? Sí. Bueno, para allá vamos, va a seguir abierto en secreto. ¿Clandestino? Obvio. Ambos intercambiaron una sonrisa de complicidad. Allá me puedes invitar otra, dijo ella todavía inclinada hacia adelante; el tirante blanco de su blusa caía a un costado de su hombro y dejaba a la vista, imprudente y llamativo, el irresistible tirante azul de su brasier.  Vale, respondió él en un arranque. Destapó la última botella y bebió la mitad de un solo trago. Antes de que su compañera pudiera darle más información, o pedirle que la llevara, se levantó. Allá te veo, le dijo previo a abandonar la mesa y dirigirse a la salida. Dice Paco Ignacio Taibo II que los hombres normales se enamoran al menos una vez en la vida de una puta y que los idealistas se dedican a regenerarlas. Nuestro periodista cultural no se conforma con eso: él, además, quiere entrevistarlas.

III

Afuera la calle estaba vacía y la tarde era fresca. La brisa del primer día de primavera encubría el olor a cloaca de la Avenida Ruiz Cortines. Volvió sobre sus pasos hacia el centro de la ciudad; caminar siempre le ayuda a proyectar su quehacer y le permite reflexionar, ¿se hallaba frente a una historia? En un cajero automático retiró mil pesos sin pensarlo mucho y se encaminó con rumbo a la calle Revolución. El recorrido de subida hacia su destino no es largo, apenas dos kilómetros, pero la inclinación de la avenida es bastante pronunciada, agotadora. Caminó sin prisa, con el cabello de María Concepción en la mente. Pinche China ¿La arrogancia será una medida de autodefensa? ¿O será que aún no ha asimilado su nuevo trabajo? Es obvio que recién comenzó, caviló mientras pasaba frente al Mercado Jáuregui, en esta chamba la inexperiencia no se puede ocultar. Se les nota en la ropa apretada, pues suelen ganar peso muy rápido y no reparan en ello. Se les nota en cómo huelen, pues abusan del perfume económico tratando de engañarse a ellas mismas. Se les nota en la sonrisa, la China reía con un gesto que languidecía al final, con una mueca resignada, como ocultándose. Si quería tener algo que contar sobre ella tendría que lograr que le permitiera mirarla sin reservas. Tendría que eludir la eterna liturgia de las ficheras que tanto se aleja de las verdaderas relaciones humanas.

El Texano estaba cerrado y en silencio. El periodista permaneció en la acera de enfrente recargado en un poste, observando atento desde la seguridad que el ocaso le proporcionaba. La noche caía en tonos rojizos sobre la calle Isauro Acosta, una angosta callejuela de casas altas y viejas que se forma en la confluencia de las avenidas 20 de noviembre, Revolución y Clavijero. Todo estaba demasiado callado y oscuro y eso no le gustaba. La espera lo tensaba; no saber cuál debía ser su siguiente paso le inquietaba pero sus años de profesión, de recorrer bambalinas, antesalas y backstages, le habían enseñado que la paciencia es un don de los buenos investigadores. Es un hombre de corazonadas y esa noche tenía una. ¿Por qué será que a los periodistas les encanta mirar desde las sombras? Somos fisgones por naturaleza, le había dicho alguna vez Miguel Molina. De repente, una silueta femenina se dibujó en lo alto de la buhardilla. Su intuición se disparó como un relámpago y lo puso alerta. Alzó la vista y divisó un balcón con una puerta entrecerrada y una ventana abierta desde la que se apreciaba la sombra de una mujer. Un par de voces rompieron el silencio anónimo del lugar; observó a dos hombres bajando por unas escaleras bien disimuladas a un costado de la entrada principal, resguardadas por una pequeña reja de latón. Uno de los sujetos, el primero, era de corta estatura, delgado, muy pequeño, no parecía tener más de treinta años; echó precavido una ojeada hacia la calle y abrió el grueso candado que mantenía cerrada la portezuela. Dejó salir al segundo, un tipo sin mayor singularidad pero evidentemente ebrio, intercambiaron algunas palabras y se despidieron. 

Desde el poste a oscuras, el periodista supo que era su oportunidad. A prisa pero sin correr atravesó la calle y saludó con la mayor naturalidad posible al joven enjuto que cerraba su candado. Hola, viejo, vengo del Tequila, me dijeron que acá podía tomarme una chela. El otro lo miró escrutador detrás de la verja. Ya está cerrado, bro, respondió  con amable suspicacia. La China me dijo que acá me veía, que era algo más en corto;  argumentó mirando profundamente a los ojos del portero, como mostrándole sinceridad. Escuchó el candado abrirse y franqueó la entrada. Pásale, bro, pero esto es súper clandestino, cualquier cosa, si llegan los del ayuntamiento, estamos celebrando mi cumpleaños, ¿va?, me llamo Christian, soy el dueño. El muchacho volvió a observar la calle vacía y cerró la puerta. Demasiadas precauciones, pensó el periodista, esto debe estar bueno. Sale, carnal, así le hacemos. Disfrutaba ser partícipe de la violación de un decreto injusto. Subió, con todos sus sentidos alerta, las angostas escaleras que se extendían tenebrosas frente a él hasta que una puerta de madera detuvo en seco sus pasos. Su nuevo amigo la abrió de par en par y una espesa negrura los recibió.

Christian, que evidentemente no era el dueño sino el administrador del bar, le tocó el hombro con cordialidad. Disculpa que esté tan sucio, dijo como si se tratara de un viejo conocido, pero no nos dio tiempo mas que de pasar jerga y medio acomodar. Efectivamente, olía a cloro. Siéntate, allá hay una mesa, ahorita busco a la China a ver si no anda ocupada. Ignoró el periodista la sugerencia y se dirigió a la barra, iluminada por el único foco del lugar. Apoyó un codo sobre el mostrador, pidió una cerveza y contempló la escena insólita, extraordinaria, maravillosa de una forma siniestra. Casi en completa oscuridad los susurros de las mesas ocupadas por hombres y mujeres que se divertían en silencio se acumularon en sus oídos. Conversaciones discretas, risas ahogadas por un acuerdo común bajo la cautela de la ilegalidad. Incluso el taconeo de todas las zapatillas era mesurado, iban y venían por el lugar como buscando algún destello que las iluminara, que les favoreciera, que les permitiera ser observadas. El ambiente era húmedo, caldeado, asfixiante. Hacía calor. Puto calor. Todo era sombras, todo era contraluz generada por la pequeña bombilla de incandescencia fría que difuminaba la galera larga e insondable. Cuando sus pupilas se ajustaron a las tinieblas pudo distinguir muchas siluetas, definitivamente había más damas que caballeros. Todas de distintos perfiles, delgadas y estilizadas unas, más robustas otras, todas en poca ropa, todas en tacones altos. Algunas evidentemente ebrias, otras más con caras largas en espera de alguien que les invitara algo de beber. No había música. 

La China no se veía por ningún lado, tampoco el anfitrión. Una chica muy delgada, demasiado delgada, pasó por enfrente y clavó sus ojos coquetos en él. Sonrió el periodista alzando su cerveza en señal de brindis, la otra correspondió. Que cuando nos vaya mal nos vaya como esta noche, dijo para sí mismo. El ebrio de junto le preguntó por los partidos de la Liga Mexicana de Fútbol recién suspendidos. Ni idea. Una vendedora anciana ofrecía chicles, cacahuates y cigarros. Varias ficheras en un sillón a ras de piso cruzaban la pierna y aguardaban. El lugar le gustaba, Xalapa necesita más sitios así: agujeros oscuros llenos de putas urgidas de plata y dipsómanos tristes, solo faltaba una rocola y que la cerveza estuviera fría. 

Habían pasado algunos minutos, el periodista decidió disfrutar de la desobediencia civil, alentada por el alcohol, que unía a todos los presentes. Entabló conversación con una morena caderona de acento de costa que le pareció fea pero con un cuerpo escultural, de hembra del sur, de esas que podrían ser la amante de cualquier burócrata de medio pelo. Ella le contaba que trabajaba en El Texano y que, en cuanto les avisaron que había que cerrar, corrieron al Oxxo más cercano a comprar todos los cartones de cerveza que pudieron. Que la bodega que improvisaron como cantina no contaba con electricidad y el foco lo habían conectado con una extensión. Que intentaron enfriar las cervezas metiéndolas con un poco de hielo en unas cubetas y por eso estaban tibias. Que junto había habitaciones más privadas, por si quería invertir un poco de dinero en el desarrollo de la economía del sur del estado. El humo de los cigarros fumados en las mesas, una violación más a las leyes de la capital, se acumulaba en el techo y dibujaba patrones oníricos entre los débiles destellos de luz fría del foquito. Se preguntó si así habrían sido los bares durante la época de la prohibición norteamericana. No creo, reflexionó, esa gente bebía pura ginebra casera y vestía mejor.

El aroma dulzón a Tommy Girl y a sudor impregnado de feromonas de la China lo sacó de sus cavilaciones. Más presuntuosa que nunca pasó junto a él dándole la espalda y el periodista, congelado en la barra, observó alejarse el espectáculo de sus caderas hechiceras bajo las lentejuelas amarillas y los chinos bulliciosos sobre su espalda pequeña, subyugada por los tirantes azules e imprudentes. La siguió como siguen los marineros el canto de las sirenas y la alcanzó cuando estaba a punto de salir al balcón. ¿Qué onda, chula, y la chela que nos íbamos a tomar? La abordó con naturalidad, mirando directo a sus ojos aceituna. Pues ya estás acompañado, respondió ella con desdén, dirigiendo la vista hacia la luna llena rojiza y enorme que dominaba el cielo xalapeño. Nomás hacía tiempo en lo que te esperaba, llegué y no te vi; contestó el otro sonriente, había comprendido el juego de la mujer y, además, estaba acostumbrado a jugarlo. La chica con la que estás es muy guapa. ¿Sí?, ni lo noté, además no estoy con ella. Ahora la China era la que lo observaba con sarcástico interés, como esperando a que la convenciera. No pensé que fueras a venir, ¿vas a sacar un reportaje sobre bar? Cómo crees, vine porque me encanta la cerveza tibia y las cantinas sin música. Qué chistosito, invítame mi chela, pues. 

Tomaron mesa y ordenaron una cubeta. La China pidió un cigarro a cuenta. Bebieron. El líquido apenas templado resultaba lamentable pero la cercanía de María Concepción era tan encantadora que la contempló impávido, sin que el calor o la oscuridad arruinaran su momento de placer visual. No me has dicho tu nombre, reportero, dijo ella con mucho talante. Me llamo Daviel, y soy periodista, no reportero. ¿Qué no es lo mismo? El periodista cultural no tuvo deseos de explicarle la diferencia, además no se sentía cómodo hablando sobre él. ¿De dónde eres? Preguntó intentando rastrear el origen del cabello rizado, los ojos aceituna y la nariz arrojada que le daban, estaba seguro, un aspecto de gitana con estirpe distinguida. Soy de Rinconada, respondió entre una bocanada de humo de cigarro. En efecto, en Rinconada hay una importante comunidad romaní: gitanos. Hasta principios de este siglo aún vivían en carpas al pie de la vía del tren. Te tomas muy en serio eso de ser reportero, continuó ella, ¿me vas a entrevistar?, o a lo mejor eres policía. La armadura no desaparecía. Solo soy curioso, ya te lo dije, ¿y qué haces en Xalapa?, si buscabas un clima más templado lamento tu decepción. El periodista jugaba sus cartas, extendió una nueva botella para que la muchacha se la destapara. La China respondió con una risita burlona. ¿Siempre eres así?, preguntó mientras lo fulminaba con la mirada. ¿Así cómo? Así de engreído, vociferó mientras le pasaba la cerveza destapada y abría, sin preguntar, una para ella. A veces, dependiendo del día. Y a mí me tocó uno de esos días por lo que veo, la China jugaba muy bien. Le convidó un ademan a manera de brindis. Brindaron. El sonido del cristal imitó el de las campanas de una iglesia llamando a misa. 

Ya en serio, qué haces acá, además de opacar al resto de las chicas. María Concepción le regaló la primera sonrisa honesta de la noche, que resultó cautivadora y llena de matices. Pues trabajar, allá en mi pueblo no hay en qué y… Guardó silencio un momento, propinando una larga calada al cigarro. Él no se dio por vencido, calculando sus palabras, aguantando la pregunta incómoda para lanzarla en el momento preciso, decidió ir por la tangente. ¿Cuántos años tienes? Veintidós, ¿y tú? Sonrió el periodista, apostando, ¿de cuántos me veo? De treinta y ocho, contestó ella tratando de parecer ingenua. ¿Me veo de treinta y ocho años?, ¡tengo treinta y tres!. Yo iba a decir cuarenta, escupió la China casi carcajeándose, al reír lucía más joven todavía, pero su mirada era triste, la de alguien que ha vivido demasiado en poco tiempo; la de alguien que lleva sus pecados y sus penitencias tatuados en la cara. Y tienes una hija, ¿verdad?, continuó él intentando hacerlo mejor. Sí, María del Carmen, de tres años. Órale, ¿se quedó en Rinconada? Sí. ¿Con su papá?, la pregunta incluía varias trampas. No, la cuida mi mamá y yo le mando dinero cada semana, soy madre soltera. Debe ser difícil; dijo poniendo cara de falso chico bueno. Ni creas que tanto, la China comenzaba a abrirse, sí la extraño, pero lana es lana y es lo que urge. ¿Hace cuánto que no la ves? Desde que me vine a trabajar. Órale, ¿y cómo fue que entraste a chambear al Tequila?, la táctica había dado resultado. 

Eso fue cosa del azar, la China se mostraba más cómoda. El año pasado me vine a buscar trabajo como lo ha hecho mucha gente de mi comunidad, entre cinco primas rentamos un cuarto ahí por la Luz del barrio y buscamos chamba. Primero en una zapatería me pagaban cien pesos diarios y tenia que trabajar de nueve de la mañana a nueve de la noche, ahí estuve nada más un mes porque me negreaban bien gacho y además el dueño, un viejo raboverde, me tiraba el perro muy cabrón. Puto viejo. Luego entré a lavar platos a una fonda, me pagaban seiscientos a la quincena pero solo trabajaba de ocho a seis, ahí duré como tres meses, la neta es que sí me gustaba pero no me alcanzaba. Todas estábamos bien jodidas, pero yo más porque yo era la más chica, la única que había salido con su domingo siete y la única que no le entendía nadita a la prestidigitación. Hizo una pausa y miró a su entrevistador, como esperando la reacción típica. Sonrió el periodista y procuró mostrarse sorprendido pero no prejuicioso. ¿Adivinación? Sí, respondió la China dando la última fumada al cigarro y pidiendo otro, mi familia es Gom, aunque en el pueblo todo el mundo nos dice húngaros. ¿Eres gitana? Exacto, continuó ella mientras encendía el cigarrillo, dos primas se regresaron al pueblo; las otras dos se hicieron faldas largas con unas cortinas, se emperifollaron con toda la bisutería que pudieron comprar en el bazar, se amarraron una pañoleta en la cabeza y se pusieron a dar vueltas en el Parque Juárez para leerle la mano a la gente. Y yo chiflando en la loma y con una hija de dos años tomando atole de masa en lugar de leche. Un día que andaba sin un quinto la dueña de los cuartos donde vivo me preguntó si me interesaba chambear, yo le dije que sí, que en lo que fuera. Me explicó lo que me tenia que explicar, cómo me tenía que vestir, qué tenía y no tenía que hacer y esa misma tarde me presenté. Yo nunca en la vida había tomado, esa noche acabé tan peda que mi casera, que resultó ser la dueña del Tequila, tuvo que pedir que la ayudaran para subirme al taxi; pero me gané dos mil pesos, mucho más que en un mes en la fonda. ¿Y qué dice tu familia? ¡Pero si estarás loco!, mi mamá no sabe nada, ella cree que trabajo en un restaurant. Qué buenas propinas dejan en ese restaurant, ¿no necesitarán otro mesero?

La conversación fluía y la cubeta pronto estuvo vacía. El periodista se había olvidado ya de la clandestinidad de esa caja de zapatos que se había convertido, de repente y de manera furtiva, en el último reducto de los borrachos xalapeños. No reparó en el faje que la pareja de enfrente, aprovechando la oscuridad, había montado cual preparatorianos. Ignoró también los gemidos que salían de las habitaciones del fondo y no se percató de que, en la barra, Christian señalaba hacia su mesa y susurraba algo al oído de un hombre corpulento y con aspecto de típico matón de cantina. El lugar estaba lleno y el olor a humo de cigarro y a humanidad se había adueñado del entorno. Puto olor. Puto calor. La China fue por una segunda ronda de bebidas. Caminaba con gracia sobre sus zapatos negros de gamuza de tacón delgado, moviéndose tranquila, segura de su belleza flamenca, sabedora de que su cabello era lo más hermoso que habría jamás en ese agujero; enfrentándose a su trabajo como solo una mujer puede hacerlo: más por orgullo que por placer. Notó él que la gitana intercambió algunas palabras con el anfitrión. Ella le daba la espalda, Christian le miraba directo sin disimilar. El matón de cantina había salido al balcón. La pareja de enfrente seguía en lo suyo y la dama se había despojado de su blusa. 

Christian me preguntó quién eres y qué haces aquí, dijo insolente María Concepción cuando estuvo de vuelta, la arrogancia reaparecía, como si su patrón le hubiera recodado cuál era su lugar en ese oscuro escenario. La paranoia del periodista, que tantas veces le ha salvado el pellejo, resonaba como alerta sísmica. ¿Y qué le dijiste?, intentó mostrarse sereno, indiferente. Pues que eres un bicho raro y que me estás invitando un montón de cervezas, sonrío coqueta, moviendo los hombros. ¿Bicho raro? Sí, reportero, eres raro, no eres como ninguno de los borrachos de este bar, no eres como ningún borracho que haya visto antes, desentonas. Dile que estoy preparando mi despedida de soltero y que ando reclutando a las chicas más guapas para una noche de desenfreno y aberración. La China rió escandalosa, con una incredulidad casi ofensiva. ¿Y me piensas reclutar a mí? Puede ser; hizo el periodista una pausa breve, rítmica, calculada, y le miró el escote. Ella no se inmutó, parecía estar acostumbrada ya al lascivo escrutinio masculino. Lo bueno de las ficheras es que están libres de todo ritual social, de toda cortesía innecesaria. No sé si seas mi tipo de mujer, dijo él al fin, alzando la vista para encontrar los ojos cetrinos de María Concepción. La expresión de la joven era retadora y divertida. El periodista sostuvo la mirada, sabía de sobra que si la apartaba perdía el juego. Se mofó ella con estrépito, cruzando la pierna; las lentejuelas resplandecieron mostrando el arranque de sus muslos generosos. Pues no sé si te alcance para pagarme, remató con frialdad de reptil. Disfrutaba su profesión, no había duda de ello.

El matón de cantina se había aproximado de manera discreta aunque no lo suficiente como para no ser notado, ahora estaba sentado en un banco alto en la esquina más próxima a la mesa donde María Concepción le contaba al periodista que no hay nada más placentero que vivir del dinero mal habido. Christian apareció detrás de ella, con una cuba en la mano. ¿Eres reportero, cabrón?, lo increpó con una sonrisa  inexacta. Enarcó el otro las cejas, adoptando una actitud pendenciera. Soy periodista, dijo luego de dar un trago a su cerveza templada. ¿Y qué haces aquí? El anfitrión se mostraba amable y eso parecía peligroso, sobretodo en un estado como Veracruz donde los periodistas desaparecen a diario y nadie los busca; es más fácil recuperar a un pomerania secuestrado de un barrio fino como Monte Magno que el cuerpo de un miembro de la prensa levantado en una cantina clandestina. Vine por una chela, y porque tienes en tu bar a la morra más buena de la ciudad, respondió vigilando de reojo la reacción de la China. Permaneció de pie, sosegado, bajo control; resistiendo el silencio estrujador que se ceñía sobre ellos, permitiendo que le observara, asumiendo la postura del que nada debe, poniendo en práctica el bajo perfil cultivado con los años. Hizo el anfitrión una seña con la cabeza y, con una velocidad no correspondía a su tamaño, el matón de cantina se ubicó detrás del periodista que sintió su respiración amenazante en la nuca. Cada músculo de su cuerpo se tensó, su pulso se disparó, apretó los puños y buscó con la mirada las posibles rutas de escape. Le gustaba esa sensación, tenía que admitirlo, luchar o correr, para eso estaba programando desde el más remoto de sus ancestros. Planificó sus acciones como en una coreografía practicada muchas noches en lugares parecidos a ese: cinco, seis, siete, ocho. Primero había que anular al gorila detrás de él, un paso a la izquierda seguido de un giro y un botellazo directo al rostro, eso no sería suficiente pero con suerte le rompería la nariz y nublaría su visión, en seguida una patada estrepitosa, con suerte le atinaría a la entrepierna, la oscuridad haría el resto. Inmediatamente un cabezazo a Christian, ése era más sencillo, seguro que no pelearía. Después a correr, ahí nos vidrios, cocodrilo, si te he visto no me acuerdo. Luego el camino era recto por el bar oscuro hasta la puerta de madera, bajar las escaleras y, oh sorpresa, el candado grueso cerrado e inviolable. Clic, clak, capum, sería todo, un número más a los mártires de la profesión. ¿Gustan una cerveza, caballeros? Decidió que la cordialidad era mejor estrategia. Lo que quiero es saber que no nos vas a dar problemas, bro, ¿en qué periódico me vas a publicar? En ninguno, carnal, no hay nada que contar aquí, tómate una con nosotros. Es una chamba curiosa la tuya, cabrón, andar de chismoso donde no te llaman, repuso Christian con la sonrisa peligrosa de un tiburón, la China miraba la escena como iceberg. Ahora que lo dices, un reportaje es buena publicidad, viejo, pero tienes que hablar con los de ventas; yo ahorita no ando en horas de chamba. Sonrió el otro, lúgubre. Me caes bien, bro, salud. El periodista pensó en un par de bromas más como respuesta pero se calló el hocico, era mejor no abusar de su buena fortuna. Puta fortuna. Salud, hermano. Brindaron los tres y Christian continuó. Apunta mi teléfono, bro, ahorita ya vamos a cerrar, ya se acabó la cerveza, pero la próxima semana se va a abrir desde temprano, ya va a estar más acondicionado, las chelas van a estar frías y van a venir más viejas, se va a poner bueno; si sigues vivo aquí te espero. La amenaza resonó como un murmullo intranquilo. El anfitrión dio otra seña a su matón y este se retiró dando un par de palmadas en la espalda del periodista que se estremeció al sentir sus manos brutales y simiescas. La China reía sin ocultar su diversión. 

¿Te sudó, verdad, reportero? Él se contuvo, mostrar sus nervios hubiera sido un error. No es la primera vez que me amenazan, se relajó un poco, aunque sí es la primera que lo hace alguien tan chiquito. El Christian se está poniendo muy pesado, seguía riendo la China, nadie en la ciudad se mete con él, dicen que está muy arriba. ¿Y se tomó la molestia de intimidarme en persona?, qué detalle. Ya te dije que eres agendo a este lugar, a todos les saca de onda tu presencia aquí. Ando en busca del amor de mi vida. Pues chance lo encuentras en Barezzito, dijo ella mientras destapaba las últimas dos botellas, porque aquí todo necesita ficha. El periodista bebió para aliviar la tensión en su garganta. ¿Cuántas te debo hasta ahora, por cierto? No las suficientes para que me enamore de ti. ¿Y como cuántas necesito para eso? Ni con mil, reportero, esa madre en este negocio no deja, aquí todo se cobra: los besos, las sonrisas, el tiempo, las conversaciones; te sale más barato encuerar a una vieja que enamorarla. La gitana lucía gloriosa. Petulante le echó el humo del cigarrillo en la cara. Él cerró los ojos y aspiró: aroma de sudor flamenco, perfume y tabaco. Como dice Nacho Vegas, no hay bien que por mal no venga, pensó. Lo que sí he de reconocer, confesó ella, es que no te arrugaste, muchos se hubieran meado encima. Sostuvo la mirada un instante más de lo necesario. No había porqué, chula, si el Chris y yo ya somos cuates; además, si me matan por ti habrá valido la pena. No bromees con eso, se puso seria. No es broma, chula, en esta profesión todos los días te puedes morir.

IV

En efecto, ya no quedaba más bebida en el bar y las mujeres sin compañía se retiraban, las demasiado ebrias dormían con la cabeza recargada sobre las mesas y las que tenían clientela negociaban con su respectivo borracho. El periodista y la China las contemplaron. La puta cuarentena, el puto gobierno mejor dicho, nos acaba de dejar sin trabajo a todas, dijo la gitana dando la última fumada a su cigarro. La mayoría vive de esto y el puto presidente municipal ni en cuenta, ¿por qué no manda a cerrar también el Bola de Oro o La Parroquia?. Respiró hondo un momento y continuó. Ahorita seguro sacas a cualquiera de ellas por quinientos pesos o hasta menos. Tiró la colilla al piso. ¿Sacarla para qué?, preguntó el periodista, otra vez haciéndose el que no sabe. Pues para que pase la noche contigo, o para seguir bebiendo, o para que te acompañe a buscar al amor de tu vida, o para lo que se te ocurra, reportero. Lo miraba indolente la China, parecía administrar con deliberada malicia sus palabras, como si esperara a que su acompañante pasara de las confidencias a las proposiciones. Creo que por hoy mi búsqueda terminó, repuso él, ¿cuánto te debo? Se miraron con miradas explosivas. Se acercó ella a su oído, rozándole con los senos el antebrazo, sacudiendo su universo. A mí nada, reportero, a lo mejor luego continuamos con la entrevista. Besó la comisura de su labio y, como si se tratara de un miembro de la realeza, dio media vuelta sobre sus tacones, haciendo volar los chinos preciosos. Caminó sugerente por el bar sombrío y casi vacío hasta llegar a la barra; el foquito la iluminó como a una deidad pagana. En un instante en el que el tiempo se detuvo, ella volvió la mirada hacia él, le sonrió hechicera, satisfecha de sí misma, de su poder y posición; convencida de que, al menos por esa noche, ella había ganado el juego. Desapareció en la oscuridad.

Inmóvil el periodista, como si se hubiera quedado atrapado en tres puntos suspensivos, intentaba capturar en su memoria el olor de María Concepción, la forma de su cuerpo, la textura de su cabello, el verde de sus pupilas. Permaneció circunspecto, cerrados los ojos, contenida la respiración, concentrados todos sus esfuerzos en construirse un eidolon, un fantasma. Arrojado al abismo del recuerdo, hechizado por la gitana que no sabe de quiromancia, no pudo más y abandonó la mesa. Entregó al camarero el pago de la cuenta y sin esperar el cambio se apresuró hacia la salida, asfixiado, sudoroso, con claustrofobia. 

El candado estaba abierto, corrió hacia la calle y respiró el aire fresco, casi frío, de la madrugada xalapeña. Caminó en la oscuridad por los callejones del centro, pasando la mano por su barba crecida. Acomodó sus ideas:

Puta China. 

Puto calor.

Puta cuarentena. 

Una ligera llovizna se dejó caer sobre él. Bendita lluvia que todo lo alivias. La luna iluminaba las calles vacías, la noche profunda le brindaba confort. Sus pasos se disipaban sobre la acera y el latir de su corazón se estabilizaba. La lluvia arreció. Las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Una sonrisa muy ligera, casi una mueca, se dibujó en su rostro.¿Qué era lo que pasaba? Habían cerrado todos los bares de la ciudad y él tenía algo que escribir al respecto.

Historia: Daviel Reyes

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