Urbanal

Yo nací baby boomer,  de niño vi novelas, escuche los Beatles, los Ángeles Negros, Roberto Carlos, Camilo  Sesto,  Miguel Bose, los Creedence;   Adolescente  me fui de mi casa  por maltrato,  y me deje llevar por las mieles de lo prohibido con la música de fondo de  José José.

Educación emocional no tuve; a  la generación del 30 o sea a mis padres les toco  el quiebre más fuerte de los estereotipos del amor  en la historia;  amor y paz, libertad sexual, drogas, hipies,   aceptación de  la libertad de pensamiento y  de  conciencia,  realidades de  dos décadas;   sesenta y setenta.

Durante mucho tiempo me daba miedo todo lo que se relacionara con la libertad,  llegue a pensar que estaba loco, pues no concebía la vida sin una familia modelo,  sin un quehacer en manada,  lo social fue, el elemento de todos los días en  un mundo que se fue globalizando, mis hermanos machacaban con la pregunta que vas a hacer de tu vida,  y los adultos (una masa amorfa e irresponsable que más o menos me acompañó en la adolescencia) simplemente fingían que les importaba mi vida y me regalaban aforismos, consejos, y buenas vibras.

En esa época había que declararse a la pareja o la novia,  los términos acoso,  feminicidio, feminismo  e igualdad, no aparecían en la agenda de discusión nacional. Los hombres teníamos la carga incomprensible en nuestros días, de crecer sabiendo que serias proveedor a toda costa, y que si querías ser exitoso deberías contar con dinero suficiente para mantener una familia, además, poder guiarla, dar buen ejemplo, y trabajar doce horas diarias sin quejarte, esperando que tu señora se hiciera cargo de la casa, de los niños, de la comida, y toda necesidad adicional. 

Soy boomer,  creo en el romanticismo ramplón que es así  para los chicos de hoy,  nefasto para las y los feministas híper modernos,  como boomer formé a dos generaciones, hijos míos que ahora viven solos o con sus parejas y que se niegan a tener  descendencia  en este mundo decadente.

Los tiempos de la ruptura de  aquellos estereotipos son  ahora;   Giles Lipoveski asegura, que nadie ya se puede escapar al influjo del híper individualismo,  las preguntas me vienen en cascada, cuando reflexiono sobre cómo será que los chicos milenials y centenials  se relacionen amorosamente,  que importancia darán al sexo  con amor,  que lenguaje utilizarán  para relacionarse en el escarceo si es que lo hay,   vivir sin la nostalgia del pasado, dicen los antropólogos humanistas del siglo XX, no todo tiempo pasado fue mejor, la sociedad y sus lenguajes son dinámicos,  están en constante cambio, lo que antes era bueno ahora no, la moral de los 60,  ha quedado atrás  en la moral del 2020.

Mi locura era cierta de algún modo, no todo es en manada, no siempre gana la colectividad, las familias han dejado de ser lo que eran, los modelos van cambiando,  el acoso, el piropo, los lenguajes sexuados, la cosificación masificada, y  el maltrato ya no se soporta.

Soy boomer, pero de frente aunque tenga toda la carga cultural y formativa de una época, tengo el reto de salirme del estereotipo,   hacerme responsable de mi propia vida, tomar las decisiones que deba tomar, ocuparme de mi, primero  que de otros,  tomar en serio el amor, pero al ras del suelo con profunda raíz aunque para ello tenga que reinventar el lenguaje y romper esa delgada nata nostálgica que parece gravitar en el pensamiento de los nacidos como yo en los sesenta.

Si soy boomer, pero de ello sacaré la fuerza y lo mejor, lo transgresor, la enjundia del revolucionario, el empuje del colectivero,  el hibrido de dos épocas,  la fuerza del presente,  el tiempo de la madurez  y la dignidad ideológica y conceptual,  sin preocuparme tanto por los chicos de hoy y sus smartphones,  trataré de ser  boomer  con poco face, con poco Instagram, con romanticismo poético, con nostalgia residual melódica, y con unas inmensas ganas de vivir,  cada día la esperanza, los sueños, los proyectos de hoy, las metas de mañana. 

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