Romaphonic sessions

La noche se presentaba sospechosamente light, ¿otro gin tónic?, no, mala idea. El subconsciente le susurraba al oído pero él no hizo caso. Anda, quedémonos cinco minutos más en el minibar, insistió como diablo tentador. Se levantó y cogió su chaleco, revisó los bolsillos. Poca luz, libros en el suelo como si los hubieran arrojado en un arranque de decepción por no ofrecer las respuestas correctas. Romaphonic sessions, recién presentado por Andrés Calamaro, sonaba lejano, bajo volumen.

Siete de la noche, la cita con Carlos Converso era siete treinta. El frío de la ciudad de las flores le golpeó el pecho al cerrar la puerta de la calle. El chaleco es suficiente, exclamó el subconsciente envalentonado. Apresuró el paso para no hacer esperar al resto del equipo que ya había llegado al Ágora de la ciudad. Bajó por Lucio a toda prisa. Oscuridad, neblina, llovizna, más frío del común. Hay veces que el subconsciente nos sabotea, ¿a poco no?

Ya en el recito, un muñeco sentado frente a una mesa le pareció tan real que estuvo a punto de saludarlo. Cómo eres tonto, revisa esos lentes, ya va siendo hora, le dijo la voz interior. Saludó al caballero elegantemente vestido, cómodo, alto, cabello cano ligeramente crecido, tez blanca y con un inconfundible acento argentino; buenas noches, maestro Carlos. Apretón firme, cordial. Le colocó el micrófono en cinturón de la forma más respetuosa que pudo; siempre le ha molestado tocar a los extraños.

Grabando, dos cámaras. Converso explicaba que tiene treinta años en México, veinticinco en Xalapa. Maestro titiritero que nunca vio una función de títeres en su infancia. Considera al muñeco como una extensión del actor, más demandante pero también más rico en posibilidades actorales; un experimento teatral más vivido que requiere de una técnica superior pues, desde luego, tienes que dar vida a un objeto inanimado. ¿Cómo se sostiene?, ¿cómo hacerlo sonreír?, ¿cómo contar una historia a través de movimientos peculiares y limitados? Allí radica la maestría. El argentino, que se define como un titiritero mexicano, sonreía, la charla era amena. El subconsciente notó que servían el vino que servían para los asistentes a la inauguración. Terminaron la charla con una gran carcajada capturada por el lente cincuenta milímetros de una de las cámaras, un close up perfecto, pensó.

Comenzó a llegar la gente. Corte de listón, sonrisas, fotografías, protocolo. La luz cálida y la duela aligeraban el frío, ¿o habrá sido el vino? Animales, señores, niños; títeres de distintos tamaños, llenos de color y de vida miraban a los asistentes que se acercaban a escudriñarlos. Más vino, bocadillos que queso crema. ¿Será que nosotros también somos títeres?, le preguntó su yo interno. No lo sé, podría ser, pensó e hizo una mueca mientras revisaba la hora. ¿Ya podemos ir a terminar de escuchar el nuevo disco? Aún no, estamos conversando. Los colegas de la fuente cultural se acercaron, invitaciones varias para iniciar el fin de semana. Declinó todas, algo en su interior no sentía ganas de salir.  Hay veces que el subconsciente nos sabotea.

Daviel Reyes

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