Muñeca, haz favor de quitarte el sostén

¿Cuánto cuesta llegar a ser un buen periodista? Ya se había cansado. Llevaba varias horas intentando terminar una crónica sobre la maravillosa obra de teatro tripe equis que él y Simone habían visto el viernes pasado en un bar no muy lejos de su casa. Estaba atascado, las palabras se le resistían, Wagner sonaba a bajo volumen pero no ayudaba, había consumido media botella de vino. Estar atascado era una de las cosas que Élmer más odiaba, se recriminaba a sí mismo y buscaba la solución a un cuestionamiento que sólo Scherer habría podido responder. Se levantó y cogió un libro al azar, necesitaba despejar su mente. Matrimonio, de Gregory Corso, no estaba de humor para poesía de ese tipo; además el tema era demasiado sensible en esos momentos, ni hablar.

Volvió a la computadora y pensó en la obra, en las actrices sexys con sus tangas fosforescentes. Le habían gustado, sin duda; se sintió excitado mientras recordaba, las pelucas rosas, las zapatillas de tacón alto, altísimo, las luces neón, el pequeño escenario parecido a un cabaret de antaño. Muñeca era una obra basada en textos de Fernando Nachón, se había enterado de ella por casualidad y no pudo resistir. ¿Una obra de teatro triple equis, basada en textos de un poeta decadente, en una ciudad cultural como esta y en un bar donde podría embriagarme? Qué bonita es esta profesión, pensó. Notó que era una producción apoyada por el IVEC y CONACULTA y no encontró pretexto para no ir; además Simone podría hacer buenas fotos si estaba de humor, sería una noche redonda para todos.

En la pantalla ni una sola línea tenía coherencia, sólo eran ideas sin estructura y ninguna encajaba. ¿Qué tan difícil es ser periodista? Durante la obra se sintió identificado con el personaje principal: un hombre clasemediero con aspiraciones a poeta y atrapado en un matrimonio sin éxito, que sale por las noches a embriagarse y a buscar mujeres. ¿En qué nos hemos convertido?, somos una vergüenza para Burroughs y Bukowski, pensó mientras terminaba su Corona y Simone pedía otro ruso blanco. El sujeto del pequeño escenario se había topado con dos musas, una alta y otra más baja y regordeta, de tanga verde y naranja respectivamente, ambas se habían sentido atraídas por la evidente cultura –o posición económica– del borracho, les gustó su poesía. Lo invitaron a pasar a su apartamento para una sesión de sexo aberrante y lleno de literatura. Citas de Onetti, Miller, Casanova; versos improvisados, excitantes sonidos y reflexiones propias de la generación beat. Un orgasmo, otro más, una invitación a ser amantes permanentes y un desafortunado elogio a la poesía del borracho. Eres buen poeta, dijo una de ellas embelesada. ¿Buen poeta?, los poetas componen versos felices, respondió él lleno de ira y en un arrebato, un éxtasis inconcluso, asesinó a las dos musas. Qué gran noche, qué buen teatro. Élmer y Simone salieron bastante contentos del bar. Esa noche no bebieron más.

Intentó escribir de nuevo, arreglar ese desastre. Sirvió otra copa de vino. La Valquiria de Wagner casi terminaba cuando Simone llegó a casa. Se quitó las botas en la puerta y descalza se dirigió a la oficina, que también es la sala y la biblioteca, y dejó la Canon T5 sobre el escritorio. Élmer miró la pantalla del computador, era obvio que esa noche no se convertiría en el periodista que el sector cultural estaba esperando. Volvió la vista a su mujer y la detuvo en seco. Muñeca, haz favor de quitarte el sostén.

Daviel Reyes

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