Lo inevitable no es tan malo

Pasaron tres días y se presentó lo inevitable. Escuchaba Al norte del norte, de Vegas y recordaba el día en que casi lo conoció; leía un artículo de Rodolfo Mendoza en un diario local y envidiaba su manera de escribir. La vibración estrepitosa del celular sobre el escritorio de cristal lleno de libros, colillas de cigarro y latas de cerveza vacías le trajo violentamente a la realidad.

¿Estás borracho? Preguntó la voz al otro lado del teléfono. Era Rey, su editor, Élmer dedujo rápidamente, por el tono de voz, que no estaba contento. No, apenas son las cuatro, y apenas es miércoles. Respondió procurando imitar el tono de voz de su interlocutor. ¿Dónde carajo te has metido? Tengo dos semanas esperando tu crónica, ¿quién te crees que eres? Su editor ahora sí estaba molesto, aunque Élmer no lo creyó del todo, lo conocía hace años y sabía que algunas veces pretendía adoptar un papel tipo J.J. Jameson. He tenido un bloqueo creativo que me tiene tomado de las bolas, la ciudad está muerta por las vacaciones de semana santa y por el periodo electoral y por la crisis económica; no tengo, o no encuentro, nada que escribir. Dijo en un tono más calmado, esperando relajar la situación.

A mí no me importa si tienes que viajar a Singapur en busca de inspiración, necesito ese texto ya. O dedícate a escribir nota policiaca, en esa sección siempre abunda qué escribir, lo que hace falta son buenos reporteros. Élmer no pudo evitar sentirse ligeramente ofendido ante la insinuación de ser un reportero. ¡No somos reporteros, somos periodistas! El subconsciente hizo su aparición. Dile que mejor nos la miente. Cállate. Pensó Élmer. A veces me haces decir cosas que sólo me traen problemas. Rey, en verdad intento escribir algo, ¿te sirve un relato aunque sea ficción? Dijo ignorando a su voz interior. Esto no es una revista literaria, viejo, necesito periodismo. La voz de Rey se tornó cariñosa.

Deberías colgarle. Le aconsejó la voz. Total que nadie te lee, mejor vuelve a los noticieros de radio, ahí por lo menos no te aburres, todo es mecánico, todo a la misma hora de lunes a viernes. Élmer fingió seguridad. Vale, mi Rey, me voy a salir a la calle, a peinar las galerías, los recintos culturales y hasta los museos, algo bueno tiene que salir. ¿Dónde se meten los artistas en esta época del año?, ¿será que el calor, que no ha hecho mucho, les motiva a ocultarse en sus estudios y madrigueras?, ¿o será que la vida de la ciudad son los estudiantes y sin ellos la banda no produce nada, total, nadie los va a consumir? No sé y no me importa, Élmer. El tono firme y estresado volvió. Necesito que escribas, si no puedes hacerlo dedícate a otra cosa, vuelve a la publicidad, o a la radio, eso no parecía costarte trabajo.

¿Acaso su editor y su subconsciente se ponían de acuerdo para recordarle que sus pretensiones de periodista cultural no estaban resultando como él esperaba? Élmer tragó saliva, miró su inservible librero, su foto entrevistando a Monsiváis, se sintió frustrado. Mañana en la mañana tienes en tu correo la crónica, mi Rey. Se despidieron afectuosamente, como si la acalorada conversación nuca hubiera existido. ¿Qué haría?, ¿cómo sacar agua de las piedras? Tendría que salir a la ciudad, algo bueno aparecería, aunque fuera miércoles. Es inevitable, tendremos que salir; no puede ser tan malo, vamos a por una cerveza a ese bar de escritores que está en Victoria. Intervino el subconsciente. Efectivamente, pensó Élmer, no puede ser tan malo.

Daviel Reyes

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