Crónica sobre el bloqueo creativo

El bloqueo creativo es un problema que sólo debería afectar a los escritores, sólo a ellos; tal vez también a los artistas y hasta a los deportistas. ¿Entonces por qué le pasaba a él?, ¿tendría algo que ver con los excesos del último fin de semana? Por lo regular después de una buena borrachera o una pelea con Simoné se sentía inspirado. El domingo habían ocurrido las dos –y de qué manera– ¿sería entonces la culpa? Ese era un sentimiento que Élmer no conocía, o que había olvidado hacía tiempo. Estaba leyendo, Leonardo Padura siempre era fuente de inspiración. Tenía suficiente whisky. El subconsciente había estado muy callado ¿Qué demonios pasaba?

Esa mañana, Élmer decidió aprovechar la soledad que una sesión fotográfica de última hora de Simoné le había regalado. Miró el librero, contempló su última adquisición –Brama, de Davil Miklos, que había comprado en un impulso sin importarle que el precio le arruinaría los últimos días de la quincena– y resistió la tentación de comenzar a leerlo. Sopló el polvo que había comenzado a acumularse en los demás libros y caminó hacia el escritorio donde le aguardaba, desafiante, su computadora. Sintió pánico.

Whisky con hielo en un vaso. Se sentó y quitó un lente 50mm de encima del teclado. Recordó que Simoné siempre lo criticaba cuando ponía a Rachmaninov para a escribir. ¿Te sientes Bukowski a caso? Bukowski nunca tuvo que lidiar con Facebook; le respondió su subconsciente, que había decidido abandonar el silencio de los últimos días. A ti lo que te pasa es que no tienes talento. Tal vez los golpes de tu pelea con el vecino que se estacionó sobre tu acera por fin terminaron por arruinarte el cerebro; le recriminó la voz interior. O quizá la ciudad ya no genera cultura, por eso no tienes nada que escribir. O tal vez debiste hacerle caso a tus padres y entrar a trabajar a la CFE hace años. Eres un idiota, Élmer, tú y tus pretensiones de periodista cultural.

Se levantó y sirvió otro whisky, doble esta vez. La cocina estaba desordenada, el fregadero lleno de platos sucios. Al regresar al escritorio volvió a mirar el librero, polvoriento, inmutable; quinientos títulos que lo hacían orgullosamente culto y que no le servían para nada. Recordó los años en los que las crónicas le brotaban como agua en manantial, evocó los relatos eróticos y los repostajes de periodismo Gonzo que le habían valido, al menos en su generación de la universidad, el mote de promesa. Qué tontería, eres un fraude, le susurró el subconsciente, ¿y si volvemos a la publicidad?, ser freelance deja harta lana cuando mantienes la boca cerrada, Élmrrrr… Terminó el whisky de golpe a ver si así se callaba su alter ego. Miró la pantalla, ni una sola línea.

Comenzó a escribir, a escribir en serio, concentrado, disciplinado. Dos horas y tres whiskys después leyó el trabajo de la mañana. Es pésimo, le dijo el subconsciente. Estoy de acuerdo, pensó Élmer y eliminó el archivo. Ese es el problema del bloqueo creativo, entre más te esfuerzas por escribir más te bloqueas, es como un nudo ciego.

Simoné llegó como un relámpago. Puso sus cámaras en el escritorio de junto, desordenada como siempre, lo miró con sus ojos enormes y agotados. ¿Avanzaste? Preguntó como si conociera la respuesta. Escribí una crónica sobre el bloqueo creativo, no sirve. ¿Y comiste algo?, Simoné también sabía la respuesta a esa pregunta. No, pero si tú compras las caguamas yo cocino, mi editor tendrá que esperar una semana más.

Daviel Reyes

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