GALLITOS

Todos los nombres en esta historia, excepto los de los gallos, fueron cambiados.

Camarones salteados de entrada, enchipotlados y pescado frito como plato fuerte al centro de la mesa en una gran cacerola de peltre azul. El arroz ligeramente salado. Cerveza XX Ámbar y flan casero. El petricor de la media tarde coatepecana, inconfundible y relajante, coronó la improvisada reunión de amistades viejas y nuevas que se juntaron para comer. Se hablaba de política, de toros y la corrida de aniversario de la Plaza México y del odio a cierto malandrín que hace no mucho traicionó a nuestro anfitrión.

El Carnero es hombre calvo, de 59 años. Fuerte, casi corpulento aunque de baja estatura y con un temperamento intempestivo y valeroso que le valió ganarse el apodo desde la juventud. Muy bien ganado, me cuentan los otros asistentes; gracias a su continua, casi diaria, participación en peleas callejeras y líos de faldas. Suele preparar mariscos o carnes asadas en su casa para sus amigos y familia. El Chucho es su hermano desde hace más de quince años. Me dicen que solía ser guapo, el más atractivo del grupo; pero el alcohol, las mujeres y toda una vida manejando y siendo dueño de taxis parecen haberle cobrado una factura muy alta. El Flaco se sienta al lado mío, también posee el mote desde la juventud; eso es fácil de deducir pues ahora ninguna parte de su cuerpo luce delgada. Hombre de piel blanca, proveniente de una familia acomodada y de tradición. Conoce al Carnero de toda la vida, “desde la secundaria”, me dice con una sonrisa bonachona. Los tres integran un grupo sólido, amoroso, filial; aderezado con bromas pesadas y un sin fin de anécdotas que, casi siempre, incluyen cerveza o tequila.

Entre todos hemos devorado los camarones y la sobremesa parece no tener fin. “Voy a los gallos” dice el Chucho mientras se levanta y se acomoda el cinturón; habla rápido, como cantando. A mí me asalta la sorpresa pero desvío la mirada y esquivo el contacto. “¿Nunca has ido a una pelea?” Me pregunta el Flaco que ha notado evasión. “Nunca, pero siempre he querido platicar con alguien que se dedique a eso.” Respondo cándido, tratando de evitar cualquier juicio en mi tono de voz. “Pues pa luego es tarde”, salta el Carnero que, sin duda, es el líder. Se levantan todos, el Chucho se adelanta, yo recojo algunos platos y los otros van al baño antes de salir. Como por arte de magia nos encontramos a bordo a una camioneta Chevrolet blanca, de batea, de esas que llaman la atención y que son poco seguras hoy en día. Nos surtimos en una tienda con suficientes cervezas y enfilamos, serpenteando por las calles angostas y adoquinadas de la ciudad cafetalera.

Dejamos la zona centro y nos adentramos en las colonias al norte, rumbo a los antiguos terrenos de la feria. El Carnero saluda a cuanto transeúnte pasa. Guía el volante con una mano y con la otra sostiene un vaso con cerveza. Yo no contengo más una pregunta que debería ser obvia: “¿Pero esto es clandestino, verdad?” Digo tratando de mostrar confianza. “Claro que es clandestino”, asegura mientras me pasa otra botella de caguama para que la destape. “Ahorita vamos a una propiedad particular, este señor es mi amigo y a eso se dedica. Las organiza los domingos, aunque no siempre.” “¿Y cómo está el rollo, cómo son las apuestas, cómo se participa?” Pregunto mientras sirvo una ronda más para todos. El líquido ámbar calma mis nervios. El corrido de José Pérez León se escucha en alguna casa justo cuando doblamos una esquina y me hace notar que la camioneta no tiene estéreo.

Nos estacionamos cerca de la terminal de los autobuses Excélsior. El Chucho ya nos espera. Me mira sorprendido. “¡Ah chingá! No me dijeron que venía este cabrón, a ver si lo dejan entrar.” Mi paranoia se dispara. “Sí lo dejan”, asegura el Carnero, “vete atrás de ellos, dile al de la puerta que ya estabas adentro, que saliste a comprar cigarros.” Chucho y Flaco caminan a prisa, dejando una buena distancia entre ellos y yo, parece parte de la estrategia. Los sigo, con la última caguama en la mano, entre casas muy humildes, sorteando los charcos y el lodo de un estrecho callejón. Qué ridículos deben verse mis tenis azul metálico, pienso. Al fondo, muy bien disimulado, se deja ver un portón de hierro forjado, negro y alto.

En la entrada, un tipo de esos genéricos, un cadenero cualquiera saluda a mis acompañantes; ellos no se detienen, se adelantan y se mesclan en la multitud. Los sigo, paso sin mirar al portero. De repente, a mi espalda escucho un “ey, chavo, ¿con quién vienes o qué?” Volteo y regreso, habrá que improvisar. “Con el Chucho, ya estaba adentro pero tiré la caguama y se enojó, tuve que salir por otra.” Levanto mi botella de Ámbar y aguardo. El sujeto no responde pero me mira con aprobación. La libré.

Un camino de pasto crecido y mojado lleva a una galera. No hay paredes, solo un techo muy alto de lámina sostenido por unos pilares de concreto. Al costado derecho, algunas camionetas; todas de batea, todas grandes y muchos taxis. Kíkiriki, kiririkí escucho por todos lados. Cocorocó, algunos más intensos que otros, parecen gritos de temor más que de batalla. Olor a gallinero, alcohol y carnitas. Bullicio. Una mujer de caderas prominentes distrae mi atención hacia ella, la miro caminar por toda la explanada y sentarse junto aun joven de gorra negra. Hombres de sombrero, botas, y cintos; otros en pantalones cortos de mezclilla y enormes playeras. No veo ningún rostro conocido. Intento mezclarme, pasar desapercibido –cuando llevas años en el periodismo cultural, alejado de la fuente general, o la política, o la policiaca; y cuando lo más cerca que has estado de una balacera es en las páginas de alguna novela de Élmer Mendoza, lo mejor que puedes hacer en estos casos es mantener perfil bajo.–

Por fin encuentro a mis amigos, Chucho me recibe ofreciéndome un trago de mezcal. Me conducen hasta un polígono formado por pequeños paneles de triplai al centro de la galera. Kírikikiiiii. Todos los asistentes se arremolinan alrededor de la estructura que se ha improvisado para servir como arena de batalla. Un joven de negro y playera sin mangas sostiene cuatro dados de plástico: uno verde, uno rojo, otro rosa y un último amarillo. “Cincuenta para ciento cincuenta, cincuenta para ciento cincuenta” grita con voz juvenil mientras sostiene los cubos en alto. Todos jalonean, empujan y se esfuerzan por llamar su atención; le ofrecen un billete de cincuenta pesos a cambio de uno de los dados. Los cuatro primeros afortunados son los que jugarán. La jugada es muy sencilla: los cuatro apostadores lanzan el poliedro al mismo tiempo y el que obtenga la cifra más alta se lleva ciento cincuenta pesos; los otros cincuenta son la ganancia de la casa. Albur, gritos, risas, alcohol, harto alcohol, escenario pueblerino aderezado con la adrenalina natural de las apuestas. Ambiente tenso. Uno gana obteniendo un cuatro, alza sus manos en señal de victoria. El joven le entrega tres billetes de cincuenta pesos, mete el otro en un bote de leche nan colocado sobre una mesa en uno de los múltiples costados. Sobre la ella un hombre mayor, de lentes y bigote a la Pedro Armendáriz lleva cuidadosamente los registros de la tarde.

Kíkirikiiiiii. Cocorocoo. La primera pelea: Tres sujetos con tres gallos dentro del ring, una de las aves es más pequeña y está al centro. “Ésa es la mona”, me señala el Carnero, “sirve para que los gallos que van a pelear calienten, para que se exciten y quieran pelear.” La mona picotea y agrede a los otros emplumados, los galleros les manipulan sin que las patas toquen el piso lleno de arena. “Mira como lo sostiene”, me dice Carnero mientras se sirve más mezcal, yo volví a la cerveza, “ése es un mal soltador, mira como el gallo está haciendo fuerzas con el pescuezo, se está cansando antes de tiempo.” Atan las navajas, descubren el pico. Sale la mona. Los hombres acercan a sus gallos y estos, de inmediato, demuestran hostilidad uno contra el otro. Sus plumas se erizan, intentan picotearse. Se alejan cada uno hacia un costado, frente a frente. “¡Por el partido verde tenemos a Destructor!”, dice Pedro Armendáriz a través de un micrófono, Destructor es un gallo pinto, con plumas negras, blancas y rojas que cran patrones difusos, “Kíkiri”, exclama Destructor. “¡Por el partido rojo tenemos a Zombi!” Zombi es colorado, cien o ciento cincuenta gramos más pesado que su contrincante, patas negras. Corren las apuestas. Cien al verde, cincuenta al rojo, quinientos al verde, todos pujan. “Ahora fíjate, el cincuenta porciento del éxito de un gallo está en el soltador, muchos, incluso, no apuestan al gallo, apuestan al soltador.” Carnero apostó doscientos al rojo. Yo miro a las aves, son pequeñas, bellas, gallitos que no pidieron estar ahí, que no pidieron ser de esa raza.

Los gallitos quedan libres, corren hacia su contrincante como si lo odiaran, como si hubieran nacido para ese momento, parecen saber que su vida depende de ello. Zombi esquiva una patada de Destructor que, tras pasar de largo, recula, brinca y aletea para mantenerse en el aire, la garra derecha directo al ojo izquierdo del colorado. Plumas, picotazos y arena vuelan por todos lados. Contrario a lo que imaginé, nadie grita. Esto no es box, los asistentes no van a ver un deporte; están ahí para apostar con la vida de un animal y miran vigilantes su inversión. Yo observo atento, más a las personas que al espectáculo sangriento que se desarrolla a mis pies.

No puedo evitar recordar que en julio pasado, con veinticinco votos a favor y quince en contra, los diputados del congreso local aprobaron la realización de este tipo de actividades en todo el territorio veracruzano. Me imagino al diputado Panista Rodrigo García Escalante llamando ignorantes a aquellos que se oponían a la despenalización. Y al diputado de Juntos por Veracruz, Basilio Picazo Pérez, asegurando que en este tipo de espectáculos no hay violencia.

Una mentada de madre me regresa a la realidad, Zombi va perdiendo, ha inundado la arena con su sangre y ahora está recostado boca arriba, con las navajas de sus patas brillando y apuntando al cielo. Destructor se acerca cojeando, picotea directo al ojo del que está en el piso. Pedro Armendáriz, desde el micrófono, concede tiempo. Ambos galleros recogen a sus gallitos, el que sostiene a Zombi se coloca su pico dentro de la boca y succiona, parece un beso, pero en realidad intenta destapar las vías respiratorias del ave. Con un escupitajo violento y viscoso arroja al piso toda la sangre que pudo retirar. Repite la acción un par de veces y, después, sopla dentro del pico abierto y jadeante de Destructor. “Tiempo, suelten a sus gallos” ordena Pedrito desde el micrófono. Pero zombi ya no quiere pelear, el gallito colorado se vuelve a recostar patas arriba, su gallero lo levanta y lo instiga a seguir pelando. “No seas huevón, pinche gallo” susurra alguien a mi derecha, no veo quién. “Perdimos pero fue una buena pelea”, me dice el Carnero. Destructor asesta el golpe final, otra vez a los ojos de su oponente caído. El juez otorga el triunfo al pinto y lo retiran con ternura, casi en hombros. Por su parte, el gallero derrotado toma por una pata al coloradito que ya está muerto. Abre las alas, las deja caer a sus anchas su pescuezo cuelga inerte, ha perdido ambos ojos y prácticamente toda su sangre. “¿Qué le hacen al perdedor?” Pregunto a Carnero y lleno mi vaso con cerveza. “Lo tiran a la basura”, responde. Ambos bebemos.

Kikirikiiiiii. Los otros condenados, encerrados en cajas de cartón de no mas de veinte centímetros de ancho, claman apilados mientras sus dueños beben, apuestan y hablan de negocios. A esta fiesta privada asistieron criadores de gallos de pela de toda la región: de Coatepec, de Xico, de Teocelo y de Xalapa.

“Ven, tienes que conocer a alguien”, me dice Carnero y me conduce entre la gente. Me presenta a un hombre de alto, de unos cincuenta años, con un bigote a la Mario Almada, oscuro al igual que su cabello; viste un pantalón de vestir café, suéter del mismo color, de estambre y zapatos negros. Tiene las manos en las bolsas de su pantalón y postura encorvada. “Mira, Mario, este es Daviel”, Carnero nos presenta y yo extiendo mi mano. Almada me saluda muy cordial, atento, como si fuera el anfitrión. Resulta que el tal Mario Almada es uno de los mas pesados dentro del control del crimen en Coatepec.

Las pelas continúan. De dos en dos los gallitos son llevados a la arena y solo uno sale con vida. Esta noche pelaron noventa y seis aves, más de la mitad murió, incluso los ganadores, pues muchas veces las heridas son fatales también para el triunfador. En otras, por el contrario, si éstas no son muy graves el gallito puede volver a pelear. Veracruz es el principal productor de aves de combate de nuestro país y, según cifras de El Universal, esta industria genera alrededor de quinientos mil empleos. Cierto, hay familias que viven de esto.

La noche termina, todo el mundo ya está borracho. Yo me reúno con mis acompañantes y me sirvo lo que queda de la última caguama. “Qué te pareció”, pregunta Flaco dando una palmada en mi hombro y arrastrando la lengua. “Muy interesante”, contesto mientras miro cómo un caballero de abultado abdomen cuenta varios billetes de quinientos pesos. La ganancia de hoy. Un niño barre las plumas y la suciedad de debajo de las cajas donde llegaron los gallos. La dama de enormes caderas, evidentemente alcoholizada, besa a su pareja. Carnero, sus amigos y yo nos dirigimos a la salidad. Ha comenzado a llover y ya no se escucha el kikiriki de los gallitos.

Crónica: Daviel Reyes

*Crónica ganadora del Primer lugar en la categoría de crónica, del Primer Certamen Periodístico del Ayuntamiento de Xalapa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *